Tierra de Hombres.

Antoine de Saint-Exupéry

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Yo traigo aquí, Guillaumet, el testimonio de mis recuerdos.
Hacía cincuenta horas que habías desaparecido, en pleno invierno, durante una travesía de los Andes. Yo acababa de regresar desde el fondo de la Patagonia. Me reuní con el piloto Deley en Mendoza. Uno y otro, por espacio de cinco días, escudriñamos desde nuestros aviones aquel amontonamiento de montañas, sin lograr descubrir nada. Nuestros dos aparatos no bastaban. Nos parecía que ni cien escuadrillas, volando durante cien años, acabarían jamás de explorar aquel enorme macizo, cuyos picos se elevaban hasta siete mil metros. Habíamos perdido ya toda esperanza. Ni siquiera los contrabandistas, esos bandidos que, allá abajo, cometen un crimen por cinco francos, no se aventuraban a guiar expediciones de socorro por los contrafuertes de la cordillera: «Sería tanto como jugarse la vida —decían—. Los Andes, en invierno, no devuelven a los hombres.» Cuando Deley y yo aterrizamos en Santiago, también los oficiales chilenos nos aconsejaron suspender nuestra busca. «Estamos en invierno. Aunque su compañero haya logrado salir ileso de la caída, no habrá sobrevivido a la noche. Allá arriba, la noche convierte en hielo al hombre.» Y mientras me deslizaba de nuevo entre las murallas y los gigantescos pilares de los Andes, me parecía no estar buscándote, sino velando silenciosamente tu cuerpo en una catedral de nieve.
Por fin, al séptimo día, en tanto almorzaba yo entre dos travesías en un restaurante de Mendoza, un hombre empujó la puerta y gritó... ¡Oh!, fue poca cosa:
— ¡Guillaumet... vivo!
Y todos los desconocidos que se encontraban presentes se abrazaron.
Diez minutos después, yo había despegado, tras haber cargado a bordo a dos mecánicos, Lefevbre y Abri. Transcurridos cuarenta minutos, aterricé a lo largo de una carretera. Había reconocido, no sé cómo, el automóvil que te llevaba no sé adónde, por el lado de San Rafael. Fue un hermoso encuentro. Todos llorábamos y te estrujábamos entre nuestros brazos, vivo, resucitado, autor de tu propio milagro. Fue entonces cuando tú manifestaste, y aquélla fue tu primera frase inteligible, el admirable orgullo de un hombre: «Lo que yo he hecho, te lo juro, ninguna bestia sería capaz de hacerlo.»


Más tarde, nos contaste el accidente.
Se debió a una tempestad que cubrió con cinco metros de nieve, en cuarenta y ocho horas, la vertiente chilena de los Andes, taponando todo el espacio. Los americanos de la «Pan-Air» habían dado media vuelta. Tú, sin embargo, despegaste en busca de una rendija en el cielo. Descubriste aquella trampa, un poco más al Sur, y, a seis mil quinientos metros de altitud, sobre las nubes que se cernían a seis mil y entre las cuales emergían únicamente los altos picachos de la cordillera andina, pusiste rumbo a Argentina.
Las corrientes descendentes producen a veces en los pilotos una rara sensación de malestar. El motor va perfectamente, pero uno se hunde. Se intenta ascender para mantener la altura, mas el avión pierde velocidad y se torna blando. El hundimiento continúa. Se retira la mano temiendo haber insistido demasiado en la subida, se deja derivar el avión hacia la derecha o hacia la izquierda para adosarse a la cima favorable, la que recibe los vientos como un trampolín, pero el aparato sigue hundiéndose. Es como si todo el cielo descendiera. Entonces te sientes cazado ea una especie de accidente cósmico. No hay ningún refugio. Intentas en vano dar media vuelta, con objeto de encontrar, detrás, zonas donde el aire pueda sostenerte, sólido y lleno como una columna. Pero ya no existe ninguna columna. Todo se descompone y te deslizas por un desquiciamiento universal hacia la nube que va subiendo lentamente, llega hasta ti y te absorbe.
—Había estado ya a punto de chocar —nos decías tú—. Sin embargo, aún no quería convencerme. A veces, se encuentran corrientes descendentes por encima de nubes que parecen estables, por la sencilla razón de que, a la misma altitud, se recomponen indefinidamente. Todo es tan raro en la alta montaña...
¡Y qué nubes!
—En cuanto comprendí que me hallaba atrapado, solté los mandos y me agarré al asiento para no ser proyectado fuera. Las sacudidas eran tan fuertes que las correas me lastimaban los hombros y hubieran saltado. Además, la escarcha me había privado por completo de todo horizonte instrumental y me hizo rodar como un sombrero de los seis mil a los tres mil quinientos metros.
»A tres mil quinientos, entreví una masa negra, horizontal, que me permitió enderezar el avión. Se trataba de un estanque que reconocí: la laguna Diamante. Sabía que estaba situada en una especie de embudo, en uno de cuyos flancos se eleva el volcán Maipú a seis mil novecientos metros. Aunque me había desembarazado de la nube, continuaba todavía cegado por espesos torbellinos de nieve y no podía alejarme de mi lago sin estrellarme contra una de las paredes del embudo. Fui dando vueltas alrededor de la laguna, a treinta metros de altura, hasta que se terminó el combustible. Después de dos horas de aquel tiovivo, descendí y capoté. Cuando logré salir del avión, la tempestad me lanzó contra el suelo. Me levanté y volvió a derribarme. No me quedó más solución que arrastrarme debajo de la carlinga y cavar un hoyo en la nieve. Me envolví allí en sacos postales y, durante cuarenta y ocho horas, esperé.
»Después de lo cual, una vez que la tempestad se apaciguó, me puse en marcha.
¿Qué quedaba de ti, Guillaumet? ¡Te encontramos, sí, pero quemado y reseco, encogido como una vieja! Aquella misma noche, en avión, te conduje a Mendoza, donde las sábanas blancas se deslizaron sobre ti como un bálsamo. Sin embargo, no te curaban. Te embarazaba aquel cuerpo derrengado, que tú movías y removías, sin conseguir alojarlo en el sueño. Tu cuerpo no olvidaba ni las rocas ni las nieves. Ellas te marcaban. Yo observaba tu rostro negro, tumefacto, parecido a un fruto maduro que ha sido golpeado. Aparecías feo y miserable y habías perdido el uso de tus hermosos útiles de trabajo. Tus manos seguían entumecidas y cuando, para respirar, te sentabas en el borde de la cama, tus pies helados colgaban como dos pesos muertos. Ni siquiera habías terminado tu viaje. Todavía jadeabas y, cuando te volvías contra la almohada en busca de descanso, una procesión de imágenes que no eras capaz de detener, una comparsa que se impacientaba entre bastidores, comenzaba en seguida a danzar en tu cráneo. Y la procesión desfilaba. Y tú volvías a empezar veinte veces el combate contra los enemigos que resucitaban de entre sus cenizas.
Yo te atiborraba de tisanas:
—¡Bebe, hombre!
—Lo que más me asombré... ¿sabes...?
Boxeador que había vencido, pero que había quedado señalado por los terribles golpes recibidos, revivías tu extraña aventura. Y te ibas liberando de ella a retazos. Y yo te veía, durante tu relato nocturno, andando, sin pico, sin cuerdas, sin víveres, escalando puertos de cuatro mil quinientos metros, o progresando a lo largo de paredes verticales, con los pies, las rodillas y las manos sangrantes, a cuarenta grados bajo cero. Vaciado, poco a poco, de tu sangre, de tus fuerzas y de tu razón, seguías avanzando con una terquedad de hormiga, volviendo sobre tus pasos para rodear el obstáculo, alzándote después de tus caídas o remontando por pendientes que sólo conducían al abismo, sin concederte el menor instante de respiro, porque sabías que no hubieras conseguido levantarte después de tu lecho de nieve.
En efecto, cuando resbalabas, tenías que ponerte de pie inmediatamente, para no quedarte transformado en piedra. El frío te petrificaba de segundo en segundo y, por haberte permitido, después del aterrizaje, un minuto de descanso de más, te veías obligado, para levantarte, a poner en juego músculos muertos.
Resistías a las tentaciones.
—Entre la nieve —me decías—, se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, lo único que se desea es dormir. También yo lo deseaba. Pero me decía: Si mi mujer cree que estoy vivo, me ve caminando. Los compañeros piensan asimismo que ando. Todos ellos tienen confianza en mí. Y seré un cerdo si no ando.
Y tú andabas y andabas y, con la punta de tu navaja, abrías cada día un poco más el desgarrón de tus zapatos, para que tus pies, que se helaban y se hinchaban, pudieran resistir.
Me hiciste esta extraña confidencia:
—A partir del segundo día, ¿sabes?, mi mayor trabajo consistió en procurar no pensar. Sufría demasiado y mi situación era excesivamente desesperada. Para conservar el valor de seguir andando, era preciso no pensar en ello. Por desgracia, controlaba mal mi cerebro, que trabajaba como una turbina. No obstante, todavía conservaba la capacidad de escoger mis imágenes. Procuraba recordar una película, un libro. Y la película o el libro desfilaban en mi imaginación a toda velocidad. Lo malo era que aquello me conducía de nuevo a mi situación actual. De manera irremisible. Entonces me lanzaba hacia otros recuerdos...
Sin embargo, en una ocasión en que tropezaste y te quedaste tendido boca abajo en la nieve, renunciaste a levantarte. Eras como el boxeador que, vaciado de repente de toda pasión, oye cómo los segundos van cayendo de uno en uno en un universo irreal, hasta el décimo, que es inapelable.
—He hecho todo cuanto he podido y ya no me queda ninguna esperanza, ¿para qué obstinarme en este martirio?
Te bastaba con cerrar los ojos para que el mundo te dejara en paz. Para borrar del universo las rocas, los hielos y las nieves. Apenas cerradas, aquellas pupilas milagrosas no percibirían ya ni golpes, ni caídas, ni músculos rotos, ni hielo que quemara, ni aquel peso de la vida que se hace menester arrastrar cuando uno camina como un buey y esa vida pesa más que una carreta. Tu saboreabas ya aquel frío que se había convertido en un veneno y que, parecido a la morfina, te llenaba ahora de bienestar. Tu vida se refugiaba alrededor de tu corazón. Algo dulce y precioso se acurrucaba en el centro de ti mismo. Tu conciencia, poco a poco, abandonaba las regiones lejanas de aquel cuerpo que, animal hasta entonces atiborrado de sufrimientos, participaba ya de la indiferencia del mármol.
Incluso tus escrúpulos se calmaban. Nuestras llamadas ya no te alcanzaban o, más exactamente, se transformaban en las llamadas de un sueño. Tú respondías, feliz, con una marcha de ensueño, a zancadas fáciles que te abrían sin esfuerzo las delicias de las llanuras. ¡Con qué facilidad te deslizabas por un mundo que tan agradable se había vuelto para ti! Y tú, Guillaumet, decidías avaro negarnos tu regreso.
Los remordimientos llegaron desde el trasfondo de tu conciencia. Al sueño se mezclaron, de pronto, detalles preciosos:
—Pensaba en mi mujer. Mi póliza de seguro la libraría de la pobreza. Sí, pero la póliza...
En los casos de desaparición, la muerte legal se retrasa durante cuatro años. Este detalle se te apareció con tanta claridad que borró todas las demás imágenes. Ahora bien, tu cuerpo estaba ahora tendido boca abajo, en una fuerte pendiente nevada. Y ese cuerpo, al llegar el verano, rodaría con aquel barro hacia una de las mil grietas de los Andes. Tú lo sabías. Pero sabías, asimismo, que una roca emergía a unos cien metros delante de ti:
—Pensé: si me pongo en pie, quizá pueda llegar hasta allí. Y si coloco mi cuerpo apoyado contra una piedra, cuando llegue el verano me encontrarán.
Una vez en pie, caminaste durante dos noches y tres días.
Sin embargo, no pensabas llegar muy lejos.
—Muchos signos me presagiaban el fin. Por ejemplo, me veía obligado a detenerme cada dos horas, más o menos, para ensanchar un poco mi zapato, friccionar con nieve mis pies que se hinchaban o, sencillamente, para proporcionar un descanso a mi corazón. Hacia los últimos días, perdía a ratos la memoria. Cuando llevaba ya mucho rato andando, me daba cuenta de que había olvidado algo. La primera vez fue un guante y, con aquel frío, la cosa resultaba grave... Lo había colocado frente a mí y me marché sin recogerlo. Después fue el reloj. Luego la navaja. Más tarde, la brújula. A cada parada, me iba empobreciendo...
»Lo que salva es dar un paso. Otro paso más. Siempre es el mismo paso el que se recomienza.
«Te juro que ninguna bestia sería capaz de hacer lo que yo he hecho.» Esta frase, la más noble que yo conozco, esta frase que sitúa al hombre en su verdadero lugar, que lo honra, que restablece las auténticas jerarquías, no se me borraba de la memoria. Tú, por fin, te dormías. Tu conciencia quedaba abolida, pero volvería a renacer al despertarse y dominaría de nuevo aquel cuerpo desmantelado, arrugado, quemado. El cuerpo, por consiguiente, no es más que un buen utensilio, el cuerpo no es más que un servidor. Y este orgullo de poseer un excelente utensilio, tú, Guillaumet, sabías describirlo así:
—Privado de comida, ya puedes imaginar que, al tercer día de marcha..., mi corazón no latía ya muy de prisa... ¡Pues bien! Avanzaba a lo largo de una pendiente vertical, suspendido por encima del vacío, cavando agujeros para colocar mis puños, cuando mi corazón sufrió una avería. Vaciló, volvió a latir. Por algún tiempo, anduvo a saltos. Yo sentía que si vacilaba un momento más, me soltaría. Por lo tanto, permanecí inmóvil y escuché en mi interior. Nunca, ¿me oyes?, nunca había estado en mi avión tan pendiente de mi motor. Durante aquellos minutos, me mantuve colgado de mi corazón. Yo le decía: «¡Anda, haz un esfuerzo! Procura seguir latiendo... » ¡Por fortuna, era un corazón de buena calidad! Vacilaba, pero siempre volvía a latir... Si supieras qué orgulloso me sentí de mi corazón!
En la habitación de Mendoza donde te velaba, te dormiste, por fin, en un sueño anhelante. Y yo pensaba: Si le hablaran de su valor, Guillaumet se limitaría a encogerse de hombros. Pero también supondría una traición ensalzar su modestia. Él está bastante más allá de tan mediocre cualidad. Si alza los hombros es por sensatez. Él sabe que, una vez metidos en la acción, los hombres ya no tienen miedo. A los hombres únicamente les asusta lo desconocido. Particularmente cuando lo observan con esta seriedad lúcida. El valor de Guillaumet es, ante todo, un efecto de su rectitud.
Su verdadera cualidad no reside en esto. Su grandeza consiste en sentirse responsable. Responde de sí mismo, del correo y de los compañeros que lo esperan. Sabe que tiene en sus manos la pena o la alegría de aquellos. Se siente responsable de todo lo nuevo que se construye allá abajo, entre los vivos, en lo cual él debe participar. Un poco responsable también del destino de los hombres, en la medida de su trabajo.
Pertenece a ese tipo de hombres generosos que aceptan cubrir amplios horizontes con su sangre. Ser hombre significa, precisamente, ser responsable. Supone conocer la vergüenza frente a una calamidad que no parecía depender de uno. Supone sentirse orgulloso de una victoria que los compañeros han conseguido. Supone sentir, al colocar su grano de arena, que se contribuye a construir el mundo.
Se pretende equiparar a tales hombres con los toreros o los deportistas. Se elogia el desprecio a la muerte de éstos. Pero yo me río del desprecio a la muerte. Si no extrae sus raíces de una responsabilidad aceptada, no es más que un signo de pobreza o de exceso de juventud. Conocía a un suicida joven. No recuerdo qué clase de mal de amores le empujó a dispararse cuidadosamente un tiro en el corazón. Ignoro qué tentación literaria le llevó a ponerse en las manos guantes blancos, pero recuerdo haber sentido frente a aquella triste mascarada una impresión, no de nobleza, sino de mediocridad. Detrás de aquel rostro amable, bajo aquel cráneo de hombre, no había existido nada, absolutamente nada. Sólo la imagen de alguna muchachita boba, como hay tantas.
Y frente a aquel destino vacío, recordaba la auténtica muerte de un hombre. La de un jardinero, que me decía: «¿Sabe usted...? A veces sudaba al cavar. La pierna me dolía por culpa de mi reumatismo y yo maldecía aquella esclavitud. En cambio hoy, querría cavar, cavar sin tregua la tierra. ¡Cavar me parece ahora tan hermoso! ¡Se siente uno tan libre cuando cava! Y, además, ¿quién va a podar mis árboles cuando yo falte?» Sabía que abandonaba una tierra por desbrozar, que dejaba un planeta por desbrozar. Estaba ligado por el amor a todos los árboles de la tierra. ¡Él era el generoso, el pródigo, el gran señor! Era, al igual que Guillaumet, un hombre valiente cuando luchaba, en nombre de la Creación, contra la muerte.

III

EL AVIÓN

¡Qué importa, Gujllaumet, que pases tus días y tus noches, de trabajo controlando manómetros equilibrándote sobre giróscopos, auscultando el respirar de los motores, descarnando tus espaldas contra quince toneladas de metal? Los problemas que se te presentan son, a fin de cuentas, problemas de hombre y tú alcanzas en su totalidad, al mismo nivel, la nobleza del montañero. Eres tan capaz como un poeta de saborear el anuncio del alba. Desde el fondo del abismo de las noches difíciles, has deseado con tanta frecuencia como él la aparición de ese ramillete pálido, de esa claridad que surge al Este, desde las tierras negras. A veces, esa fuente milagrosa se ha ido deshelando poco a poco ante ti y te ha curado cuando creías morir.
El hecho de utilizar un instrumento científico no te ha convertido en un técnico a secas. Me parece que quienes se asustan demasiado ante nuestros progresos técnicos confunden el fin con los medios. Quienquiera que luche con la única esperanza de conseguir bienes materiales no cosecha, en efecto, nada que valga la pena de vivir. Porque la máquina no es un fin. El avión no es un fin. Es una herramienta. Una herramienta como el arado.
Si opinamos que la máquina estropea al hombre se debe, quizás, a que carecemos de la suficiente perspectiva para juzgar los efectos de las rápidas transformaciones a que hemos asistido. ¿Qué representan los cien años de historia de la máquina en relación con los doscientos mil de la historia del hombre? Hace apenas unos días que nos instalamos en este paisaje de minas y de centrales eléctricas. Apenas hace unos días que comenzamos a habitar esta casa nueva, que aún no hemos terminado de construir. ¡Todo ha cambiado tan rápidamente a nuestro alrededor: relaciones humanas, condiciones de trabajo, costumbres...! Incluso nuestra misma psicología se ha visto trastornada en sus bases más íntimas. Las nociones de separación, de ausencia, de distancia y de regreso, aun cuando las palabras hayan continuado siendo las mismas, no definen ya las mismas realidades. Para captar el mundo de hoy, hemos de emplear un lenguaje que fue establecido para el mundo de ayer. Y creemos que la vida del pasado responde mejor a nuestra naturaleza por la sola razón de que responde mejor a nuestro lenguaje.
Cada progreso nos ha apartado un poco más de las costumbres que apenas habíamos adquirido. Somos, en verdad, como emigrantes que todavía no han fundado su nueva patria.
Somos jóvenes bárbaros a quienes los nuevos juguetes maravillan aún. Nuestras carreras de aviones no tienen otro sentido. Queremos saber cuál de ellos sube más arriba, cuál corre a mayor velocidad. Y nos olvidamos de por qué los hacemos correr. La carrera, provisionalmente, es más importante que su objetivo. Siempre sucede lo mismo. Para el colonizador que funda un imperio, el sentido de la vida se basa en conquista

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