TIERRA DE HOMBRES

Antoine de Saint-Exupéry

La tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre setierra_de_hombres.jpeg descubre a sí mismo cuando ella se enfrenta a un obstáculo. Sin embargo, para superar ese obstáculo, necesita una herramienta. Necesita un cepillo de carpintero o un arado. Mientras trabaja, el labriego va arrancando poco a poco algunos secretos a la Naturaleza, y las verdades que extrae son universales. Del mismo modo el avión, la herramienta de las líneas aéreas, sumerge al hombre en todos los viejos problemas.
Tengo siempre ante mis ojos la imagen de mi primera noche de vuelo sobre Argentina, una noche sombría, en la que sólo brillaban titilantes como estrellas, las escasas luces esparcidas por el llano.
En aquel océano de tinieblas cada una de ellas señalaba el milagro de una conciencia. En aquel hogar se leía, se pensaba, se intercambiaban candencias. En aquel otro, quizá, se intentaba sondear el espacio. Alguien, acaso, se hallase enfrascado en cálculos sobre la nebulosa de Andrómeda. En el de más allá, de vez en cuando, aparecían aquellas luces reclamando su subsistencia. Incluso las más discretas, la del poeta, la del profesor, la del carpintero... Pero, entre aquellas estrellas vivas, ¡cuántas ventanas cerradas, cuántas estrellas apagadas, cuántos hombres dormidos...!
Debemos procurar encontrarnos. Es preciso que intentemos comunicarnos con algunas de aquellas luces que brillan separadas en el campo.

Tareas

  1. Para comenzar pretendemos darle continuidad, usando la imaginación, a este texto creando una bonita historia. Teneís libertad de tema y tamaño.
  2. Enviádmelo a mi dirección de correo.


Trabajo de Sara


TIERRA DE HOMBRES

Antoine de Saint-Exupéry


La tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre se descubre a sí mismo cuando ella se enfrenta a un obstáculo. Sin embargo, para superar ese obstáculo, necesita una herramienta. Necesita un cepillo de carpintero o un arado. Mientras trabaja, el labriego va arrancando poco a poco algunos secretos a la Naturaleza, y las verdades que extrae son universales. Del mismo modo el avión, la herramienta de las líneas aéreas, sumerge al hombre en todos los viejos problemas.

Tengo siempre ante mis ojos la imagen de mi primera noche de vuelo sobre Argentina, una noche sombría, en la que sólo brillaban titilantes como estrellas, las escasas luces esparcidas por el llano.

En aquel océano de tinieblas cada una de ellas señalaba el milagro de una conciencia. En aquel hogar se leía, se pensaba, se intercambiaban candencias. En aquel otro, quizá, se intentaba sondear el espacio. Alguien, acaso, se hallase enfrascado en cálculos sobre la nebulosa de Andrómeda. En el de más allá, de vez en cuando, aparecían aquellas luces reclamando su subsistencia. Incluso las más discretas, la del poeta, la del profesor, la del carpintero... Pero, entre aquellas estrellas vivas, ¡cuántas ventanas cerradas, cuántas estrellas apagadas, cuántos hombres dormidos...!

Debemos procurar encontrarnos. Es preciso que intentemos comunicarnos con algunas de aquellas luces que brillan separadas en el campo. En esta situación estaba, cuando me dio por ponerme a filosofar sobre mivida, y debo confesar que fue una temeridad por mi parte, porque terminé sumida enun mar de dudas,en el que temí ahogarme. Sin embargo fue algo que debí haber hecho hace mucho tiempo, y sobre todo antes de decidirme por estudiar la carrarecarrera que no hizomás que conducirme a una vida tediosa y rutinaria, que se alejaba muchas millas de loque yo hubiéra deseado. Claro, que para los que me recomendaron estudiar aviación yo era una gran piloto, bienremunerada por mi insigne labor, que aunque no me aportase absolutamente nada, me daríaestablidad.
Recuerdo con añoranza mi época de estudiante, en la que la asignatura que más me gustaba era la literatura. No sé si las matemáticas me desagradaban del todo, pero yo vivía con el convencimiento de que no me dedicaría a nada relacionado con ellas, ya que pretendía estudiar literatura, cosa que para mis seres más allegados constituía un absoluto fracaso, que no me conduciría más que a una vida inestable y sin ningún futuro. Yo les respondía con las palabras de mi profesor de literatura,pronunciadas como respuesta a la retadora pregunta de un alumno que le inquirió levantando una céja el motivo de la existencia de aquella asignatura, que siempre decía que para ser feliz con tu trabajo y contigo mismo, tienes que elegir un camino que te llene como persona,sentir pasión por aquello que hagas, y hacerlo bien, pero para los oyentes del discurso, aquello era una quimera, una tontería.
Me viene a la memoria una mañana en la que me levanté sin ninguna gana, y coincidí con mi padre ene. Salón, , algo raro, pues siempre se iba antes que yo a trabajar. Lo ví vestido con su impecable traje, con la corbata bien compuesta, y dispuesto a salir con su maletín en la mano rumbo a la oficina. Le dije con cierta ironía lo apasionante que debía resultarle ir todos los días a un despacho, sobrio, carente de ornamentos, donde se sentaría en una mesa, llena de papeles, y hacer cálculos. Mi padre me dijo que no tenía que tener tantos pájaros en la cabeza y que más me valdría aprobar el examen de matemáticas que tenía a aquellas intempestivas horas, supongo que para no hacer frente a la realidad de su tediosa rutina, igual que la de miles de personas, que en aquel momentoestaríaninterpretando ante su jefe un ensayado teatro, cuyo guión era una perfecta escusa para justificar su retraso, mientras esperaban entre cada acto que les tocase la lotería.
.
No sé muy bien a cuento de qué me dio por recordar aquello durante un vuelo, pero supongo que fue porque acababa de darme cuenta de que yo había terminado convirtiéndome en una persona igual que mi padre, igual que miles de personas, sumida en la rutina de dedicarse a algo que no aporta ninguna dicha. El caso es que recordé los motivos que me habían llevado a abandonar la descabellada idea de estudiar literatura, y terminar en una carrera de ingeniería, en la que pasé cinco años resolviendo ecuaciones y cálculos, justo lo que quería evitar a toda costa en otro tiempo. Me pregunté a mi misma el por qué de la decisión de estudiar aviación, y me respondí lo que otrosme aconsejaron, aquel sermón de la establidad y la buena remuneración.Ví en mí entonces el reflejo de toda aquella gente que abandonó sus sueños, la verdad de sus vidas, el camino que querían tomar, pero que por no atreverse a desoír los consejos recibidos, o por pura cobardía, por no atreverse a asumir los riesgos que tiene hacer lo que realmente se quiere, terminaron como yo.
Y entonces extraje, no sé muy bien de dónde, un principio que se convirtió para mí en una verdad absoluta, y que en resumen vino a decir que el error no estaba en equivocarse, solo en no saber rectificar, y por tanto, dejé de considerar mis años de piloto como una pérdida de tiempo, y, como las orugas cuando hacen la metamorfosis, se convirtieron en un receso en mi camino hacia la literatura.


Trabajo de Andrea


TIERRA DE HOMBRES
Antoine de Saint-Exupéry

La tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre se descubre a sí mismo cuando ella se enfrenta a un obstáculo. Sin embargo, para superar ese obstáculo, necesita una herramienta. Necesita un cepillo de carpintero o un arado. Mientras trabaja, el labriego va arrancando poco a poco algunos secretos a la Naturaleza, y las verdades que extrae son universales. Del mismo modo el avión, la herramienta de las líneas aéreas, sumerge al hombre en todos los viejos problemas.

Tengo siempre ante mis ojos la imagen de mi primera noche de vuelo sobre Argentina, una noche sombría, en la que sólo brillaban titilantes como estrellas, las escasas luces esparcidas por el llano.

En aquel océano de tinieblas cada una de ellas señalaba el milagro de una conciencia. En aquel hogar se leía, se pensaba, se intercambiaban candencias. En aquel otro, quizá, se intentaba sondear el espacio. Alguien, acaso, se hallase enfrascado en cálculos sobre la nebulosa de Andrómeda. En el de más allá, de vez en cuando, aparecían aquellas luces reclamando su subsistencia. Incluso las más discretas, la del poeta, la del profesor, la del carpintero... Pero, entre aquellas estrellas vivas, ¡cuántas ventanas cerradas, cuántas estrellas apagadas, cuántos hombres dormidos...!

Debemos procurar encontrarnos. Es preciso que intentemos comunicarnos con algunas de aquellas luces que brillan separadas en el campo.
Andaba pensando en todo aquéllo cuando aterrizamos sobre Argentina. No estaba muy satisfecho con el viaje, era un viaje de negocios, de esos en los que debido al peso del trabajo no se puede disfrutar realmente de las cosas maravillosas, distintas a todo lo que se está acostumbrado a ver, hacery y visitar. Pero no quiero hablarles de eso ahora. Pasé dos o tres días en Argentina. Terminé mi trabajo como había esperado, para toda mi satisfacción por el deber cumplido y me embarqué de nuevo en el avión. Estaba sentado al lado de la ventanilla redonda de una fila de asientos de cuatro personas. En ese momento una joven, que seguramente andaría entre los veinticinco y los treinta años se sentó a mi lado, muy educada y refinada.
Yo estaba concentrado en leer una de las revistas que normalmente cogen los viajeros para distraerse, pero me fijé en ella y tuve que controlar mi pulso, porque si les digo la verdad se me aceleró considerablemente. Era alta, de piel morena y brillante, ojos grandes y castaños y el pelo ensortijado y largo hasta la cintura, de un color negro intenso. Su vestimenta era sencilla: tan solo unos vaqueros, una camiseta y una cazadora, y su equipaje muy reducido, únicamente un bolso de viaje que, antes de sentarse había dejado en el portamaletas que había dentro del avión.
Nos pidieron los billetes y me fijé en que era de doble nacionalidad: española y argentina, pero que tenía distintos pasaportes para países del mundo. Observé además que su nombre era Laura Bacsay, un apellido muy poco común en Argentina.
Cuando llevábamos ya medio trayecto recorrido la niebla inundaba el cielo, el sol no mostraba sus rayos al avión y había tanta bruma acumulada que ni siquiera se podían divisar las tierras sobre las que nuestro pájaro metálico planeaba.
Las azafatas de abordo nos dijeron que debíamos aterrizar en una carretera que había a mitad de camino, que debíamos tranquilizarnos y sobre todo no salir del avión. Durante ese interminable tiempo en el que tuvimos que permancer juntos, como en familia, me fijé en los pasajeros. Vi muchos de ellos con trajes y corbatas, otros con pantalones de lo más corrientes y había pocas mujeres. La de allá, intentando consolar a una niña pequeña. La de la otra parte, leyendo una de esas revistas sobre famosos. Las dos de delante, charlando sobre los abatares de sus vidas, y Laura... Ella era distinta. No hacía labores ni de madre, ni de lectora ni de elocuente. Ella, sin embargo, pintaba en un cuaderno todo cuanto veía en el exterior. Entonces fue cuando me di cuenta de que me estaba enamorando de esa joven de sonrisa franca, ojos vivos y cabello juguetón.
Hablamos un tiempo, su voz era una melodía que mecía sus palabras, al tiempo que escuchaba las mías con el mayor interés. Comenzamos hablando de cosas científicas, al final, de nuestras vidas.
Me contó que acababa de salir de una mala relación, que ahora volvía de Argentina para estar con su familia y tener así su apoyo.
Recordaré toda mi vida el beso, en el aeropuerto, cuando ya nos íbamos a despedir. Fue largo y prolongado, mi mano en su cintura, la suya en mi hombro.
Lo recordaré toda mi vida.
El destino, lo más caprichoso que hay en la vida, y lo que más influye en nosotros, que nos va moldeando para bien o para mal, hizo que en un avión, volviendo de Argentina, tres años después, viera una chica de pelo largo y negro, ojos castaños y dulces, sonrisa alegre y esa expresividad en la cara, idéntica a la suya. Al observar las tarjetas de embarque mi corazón dio un salto en el pecho, y se confirmó lo que yo ya estaba pensando: ¡Era ella! ¡Era mi Laura! Mas la alegría de mis ojos pronto desapareció al comprobar que ella iba con un niño de unos dos años y con un hombre, que le había hecho soñar poco después de que ella me hiciera a mí ver el mundo del color de las flores perfumadas, esas que te pinchan. Empiezo a pensar que el amor es como una de ellas, como una rosa: a primera vista es delicioso, pero con el tiempo te hieren sus espinas, y tú, sin embargo, no quieres dejarlo por el universo en el que vives gracias a su incalculable fantasía.