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Comenzamos un nuevo curso.

Queridos alumnos, en espera de organizar el curso y como respuesta a vuestro interes, os presento esos relatos y algunos aspectos de la biografía del autor. Son para leerlos y también para trabajar algunos detalles, por ejemplo del primero comenteremos el recorrido de nuestra lengua desde el latín, del segundo, los imperativos.Ni que decir tiene que como siempre estaré deseando que aporteís vuestras opiniones y sagaces preguntas.

En breve os comunicaré como vamos a llevar el curso este año.




MEDARDO FRAILE

CUENTOS

ANTES DEL FUTURO IMPERFECTOCuentos:
“Rosas, Rosas”“Punto Final”“Centenario”“La hora”“El sillón”
“Rosas, Rosas
LA SEÑORITA ORIA ENSEÑABA LATÍN y era casi una cría. Nosotros andábamos por los doce o los trece y, el día que ella entró en clase por primera vez fue memorable. Entró con una bolsa de plástico -los profesores iban con cartera- y, sin mirarnos ni decir palabra, sacó de la bolsa cuatro jarroncitos de Talavera y se dedicó a poner una sola rosa -de color rosa- en tres de ellos y un ramo de colores distintos en el otro. Parecía encantada y miraba las flores sonriendo. Luego, se dio un garbeo coqueto por el pasillo del centro de la clase y contempló su labor desde el fondo.
-Hoy -dijo-, vais a aprender la primera declinación latina y lo vais a hacer con una palabra muy importante: Rosa...
»¿Por qué es importante? Porque esas tres rosas de color rosa que he puesto ahí, a la izquierda, singulares, solas, aunque cada una de ellas ejerce un oficio con nombres que os van a parecer feos, han vivido más de dos mil años con la misma frescura y el mismo aroma y, a cada una de ellas, la llamaba «rosa» el primer romano que la nombró y «rosa» la llamamos nosotros todavía y cualquier jardinero o labriego castellano... Imaginaos lo que son dos mil años de gente, un siglo tras otro, diciendo «rosa»... Y, como vosotros sois estudiantes, y vuestros padres tal vez ingenieros, abogados o médicos, una se afana en el mundo por hacer de Nominativo, otra de Vocativo y la tercera de Ablativo... Pero las rosas son muy listas y, a veces, piden ayuda o se acicalan o se disfrazan con unos productos llamados desinencias para seguir siendo útiles. Hay más oficios para ellas...
»Y esas que están en el búcaro de la derecha, ¿qué son?».
Gritamos:-¡Más rosas!-¡Flores!-¡Rosas!-Sí, rosas, porque hay rosas de muchos colores, rojas, naranja, amarillas... Pues «rosas», en grupo, en plural cono están ahí, era también lo que decía hace siglos la señora de cualquier villa romana al ordenar al jardinero que plantara un rosal o al adornar la ventana de su cuarto con un ramo de ellas en un florero. Y «rosas» las ha llamado la florista que me las vendió hace media hora. El oficio al que «rosas» se dedica es otro: el de Acusativo de Plural.Y así siguió, advirtiéndonos que ya hablábamos latín sin saberlo cuando decíamos, no sólo «rosa», sino «aula», «fortuna», «gloria», «forma», «pirata», «crimen», «dolor»>, «castigo», y muchas palabras que oíamos o decíamos todos los díasEn otras clases, fue metiéndose en caminos más trillados, pero cuando habíamos aprendido que «las rosas estaban en el altar», que «la niña tenía una rosa», que «había rosas en el huerto», que «la corona era de rosas» y que «las palomas eran blancas», y nos metimos de bruces en el verbo «amar», más de cuatro estábamos enamorados sin remedio de Oria -la llamábamos Oria-, locos por ella, porque era una chiquilla grácil, morena, esbelta, y nos intrigaban los movimientos de su falda, su inteligencia y su risa.La señorita Oria, al acabar su primera clase, metió las flores y los jarroncillos en la bolsa, cogió la rosa roja y se la prendió en el pelo y se marchó sin mirarnos, sonriendo.
PUNTO FINAL

DON ELOY MILLÁN ENTRÓ EN CLASE. En El pasillo había notado fresco, y al entrar le envolvió un olor de incubadora. Olía mezclado, suave, dulce, a lápiz, a pis añejo e inocente, a jabón seco en el pebetero de las orejas. Se levantaron los niños. Don Eloy Millán se fue derecho a su mesa sin mirarlos.

-Buenos días, don Eloy.
-Buenos días, señor Millán.
A diario se lo repartían así. Unos se quedaban con el señor Millán, otros con don Eloy.
-Bueno; vamos a ver. ¡Sentaos!
Irremediablemente le violentaba decir sentaos, en lugar de sentaros; pero no quería colisiones con el texto. En clase, él debía poner su lengua dentro de la ley, sobre todo para evitar a los niños confusiones, líos. Debía ser luz, por lo menos durante esa hora. Cuando hablara, su obligación más importante era ser ejemplario de leyes gramaticales, un cronómetro empecinado, infalible.

Los niños se sentaron. Dos se adelantaron a su mesa. Era inevitable que todos los días se acercara alguno, aunque generalmente sin motivo. Uno le mostró impertérrito, mudo, un cuaderno abierto. Don Eloy le miró. En efecto. En la clase anterior le había dicho: «Mañana, el cuaderno aquí».
-¡Silencio! pidió, mirando a todos severamente.
Cierto; los ejercicios de ese cuaderno estaban hechos. Sacó su cuadernillo de notas y le puso algo al niño.
-Vete a tu sitio. Y tú, ¿qué quieres?
El que esperaba se acercó sigiloso. Era muy fino, de una finura en extremo lozana, repentina, feliz. Le dijo confidencial, rozándole casi la oreja;
-Buenos días, don Eloy.
«¡Ah, bueno! Se trata de un saludo particularísimo -pensó-. Bueno; bien».
-Hoy es viernes y toca dictado. Ya deberían estar los cuadernos sobre la mesa dijo.
Se oyó un remolino de hojas. El profesor buscó, fruncido el entrecejo, minuciosamente, dentro de su cartera. No. Los Dictados Pedagógicos no estaban allí. Se los había dejado en casa. Meditó. Adelantó los labios, mordiéndose por dentro el labio inferior. ¿Qué podría dictarles?
-¡Silencio! -dijo al oír un murmullo automáticamente, alzando la voz.
-Vamos a ver si encuentro yo...
Tenía en la cartera toda clase de papeles. El libro de cuarto, que no servía para este curso. Un periódico viejo. «No; del periódico, no», negó resueltamente, como defendiendo a los niños de algo. De pronto se acordó. Llevaba varios días sobre aquella carta. Tenía tres o cuatro copias a máquina ligeramente distintas. Algunos párrafos estaban bien, le habían salido bien. ¿Por qué no? Azorín, Pereda, Bécquer, Leandro Fernández de Moratín, Juan Ramón, Palacio Valdés, Benavente, Rubén Darío, Perrault, Pérez Galdós... Y Eloy Millán también. ¿Por qué no? ¿No había él publicado más de un artículo hacía ya algunos años allá en su rincón, que contaba ya entonces más de ochenta mil habitantes? Sí. También él. Se pondría a dictar como si tal cosa aquel fragmento de su carta, y los niños supondrían que se trataba de una prueba especial ideada para ellos expresamente, quizá sacada de algún libro, o bien que era una cosa inventada, una mentira de cualquier libro de literatura.

-A ver; Martínez Lago, sal aquí. Tú escribes en el encerado, como hacemos siempre, lo que yo dicte. Los demás, sin levantar la cabeza, escriben en su cuaderno. Que no vea yo a nadie mirando a la pizarra. Cada cual a lo suyo.

Buscó en los folios de la carta el párrafo que dictaría.

-¿Cómo se titula? -preguntó un niño.

Don Eloy vaciló.
-Nada. No se titula nada. Dictado... Empezamos...
-¡Espere! -dijo un gorgorito angustiado de voz. ¿Qué pasa ahora?
-Nada, profesor. No encuentro el bolígrafo. ¿Se puede hacer a lápiz?
-Vamos... Comienzo a dictar...
Se puso en pie. Miró al ventanal un momento y, con voz pausada, clara, sonora, dictó el párrafo siguiente:
«Ahora no es lo mismo. Los chopos aquellos tenían la torre de la catedral al fondo, los sitiadores vencejos del atardecer y, más allá, los montes y esos colores puros que el sol levanta en el campo. Si pudiera escoger un árbol para estar alegre como hacen los pájaros, tú sabes que elegiría el chopo. Aunque fuera el que miro desde mi ventana en el jardín desahuciado, en el solar que pronto van a llenar de ladrillos. Ellos nos dieron una franja de sombra cada tarde, y el parloteo incesante de sus hojas te hizo soltar aquello que no tuve valor de meditar hasta pasado mucho tiempo. Hasta hace bien poco. ¿Te acuerdas?».

-Punto final.

Se removió la clase. Algunos niños soplaban, movían la muñeca o sacudían la mano derecha con aspavientos de cansancio. Sobre todo, lo hacían cuando el dictado rebasaba, aunque fuera poco, la medida acostumbrada. Así jugaban al exceso de trabajo, al agotamiento.

Vamos a corregir.

Martínez Lago había puesto sin acento pájaros y ; sombra, con n, y se «había comido» la palabra jardín.

Ese lleva acento...

Don Eloy, leyendo, subrayó con énfasis:

-«... TU sabes que elegiría el chopo...»

Se quedó abstraído unos momentos. Su corazón, inútilmente, acentuaba el aire: tictac, tictac...

-¡Señor profesor! ¡Señor profesor! -insistía machaconamente una vocecilla en la última fila-. Dice ese niño que después de coma se puede poner mayúscula.

-Ese es pronombre personal... Por eso lleva acento... Siéntate...

Don Eloy Millán se sentó. En la clase se fue alzando un guirigay impersonal, nutrido. Miró arriba por el ventanal. Había nubes compungidas, altas, continuadas, oscuras a lo lejos. Una luz ceniza ponía cardenales cambiantes a las cosas, amenazaba con una ley mesiánica de aburrimiento, de soledad, con horas indefensas interminables, húmedas, tronadoras, monótonas, que enmarcaran el quehacer diario de tristeza. Un día de bombillas prematuras, para que el vestíbulo se llenase de madres alarmadas, con su parloteo, los paraguas y los impermeables. Un día como una inexplicable, inmensa humareda que enrojeciera de soledad los ojos.

-¿Habéis corregido ya...? ¿Todos...?

-Sí, señor.

-No, aún no... Espere un momento... ¡Ya!

-Señor profesor, ¿borro?

-¡No!

Se sintió arrollado, invadido. «¡Señor, qué falta de reposo! ¡Que manía insaciable de agitación, de prisa! Querían pasar a otra cosa, les estorbaban ya aquellas palabras viejas que hacía un instante eran desconocidas para ellos y hasta respetables, lejanas, con su posible, agazapada, trampa ortográfica. Querían borrarlas, borrarme -pensó-, echar al suelo el tierno, untuoso resplandor blanco de esas palabras, reducirlas a polvo, aventarlas como un montón de células resecas que les estorbase para crecer, como el vaho de un cristal que les impidiera ver el camino, como a un viejo caballo tirado en la carrera sin freno, porque había que escribir y llegar lejos, y borrar y escribir de nuevo, y crecer y borrar, y escribir otra vez y ser hombres. Y él, ¿dónde? ¿Debajo de qué frío montón de verbos, adverbios, adjetivos, nombres, preposiciones que fueron...?

-¿Borro yo?

-¡No! ¡He dicho que no!

Defendía sus palabras ahora como un acorralado. Pidió silencio. Los niños olfateaban ya la hora de salir. La proximidad les inquietaba. Miraban las ventanas, a los que estaban atrás, los abrigos colgados en las perchas... Don Eloy Millán era bueno. Estaba distraído. Tal vez le dolía la cabeza o estaba cansado. Vieron un resplandor y oyeron a lo lejos un trueno. Los niños miraron las nubes un instante, un poquito pálidos, un poco alborotados, como si vieran acercarse una majestuosa carabela, silenciosa, mortífera. Les puso a hacer un ejercicio del libro. Preguntó a Cubero la última lección. Se paseaba por el centro, entre las mesas. Miraba desde el fondo sus palabras escritas en el encerado, sus palabras «suyas». Las nubes ahora iban rítmicas, robadas, de prisa, hacia otros lugares del mundo.

-Señor Millán, ¿borro?

-¿Borro yo, don Eloy?

Sonó el timbre. Los niños se levantaron, sacando con estrépito las carteras, los libros, arrastrando sillas, mesas; tirando abrigos, llamándose unos a otros. Uno se lanzó al borrador y limpió tenazmente, de arriba abajo, de izquierda a derecha, con posturillas desorbitadas, felinas, contundentes, todo el encerado.

Don Eloy Millán recogió en su mesa despacio su cartera y su abrigo.

-¡Adiós, profesor!

-¡Hasta mañana, don Eloy!

-¡Adiós, señor Millán! ¡Hasta mañana!

Se quedó solo, poniéndose los guantes, Pensó: «Ni siquiera me han borrado despacio». Miraba la pizarra negra, rectangular, como un hueco preciso, hondo, oscuro. La pizarra en silencio. Él estaba escrito en ella y ahora borrado. ¡Y con aquel encono, tan aprisa! Notó que el corazón se le nublaba. «¿Cuántos -pensó- habrá como yo ahora, detrás de ella, olvidados, perdidos, borrados para siempre como si tal cosa?».

Se quedó un buen rato frente a la pizarra, buscando con angustia una brizna de palabra suya, media palabra, nada, un rabito, el punto de una i; buscándose, buscando espantado en el rectángulo negro.





CENTENARIO


DON OCTAVIO PEDROSO ENTRÓ en el aula de Historia del tercer piso sin corbata, con la chaqueta y el cuello de la camisa abiertos y una bufanda de cuadros que le tapaba nariz y boca y resaltaba sus cejas hirsutas y sus ojos redondos de pájaro. Abrió imperioso la puerta con la cartera en una mano y, en la otra, una bolsa de plástico, se dirigió a su mesa y puso cara de como no os calléis vais a ver ahora mismo lo que pasa. Sonaron botellas cuando dejó la bolsa junto a la pared y la cartera fue a parar de milagro encima de la mesa. Don Octavio se sentó, alzó la cabeza desafiante, desenroscó lentamente la bufanda y dejó al descubierto sus labios castrenses ligeramente inclinados y su nariz aguileña entreverada en mochuelo.

Don Octavio tenía varias famas: la de hacer versos, la de haber escrito un libro sobre La etiqueta hispano-portuguesa en la corte de Fernando VI y corrían rumores de que ningún empollón reconocido obtenía más de notable en su clase.

Se recostó en la silla sin decir palabra, echó un brazo atrás, cogió la bolsa y la colocó en la mesa. Con gesto de asco, o quizá de reto, fue sacando de ella un vaso, una botella pequeña de Coca-Cola y un botellín, en cuya etiqueta, según el rumor catapultado por los niños de las primeras filas al resto de la clase, ponía Bacardi. Se alzaron cuchicheos, risitas sofocadas, frases jocosas a media voz, mientras Pedrosa se servía un poquito de ron, triplicaba la Coca-Cola en el vaso y saboreaba un trago. Dejó el vaso en la mesa, se levantó y, como si tal cosa, dijo:

-En una hoja de papel suelta vais a dibujar un monigote, cada uno el suyo y cuanto más grotesco, mejor. Luego lo dejáis sobre la mesa. Os doy tres minutos, en los que no quiero oír una mosca...

Más de una mosca se oyó mientras pasaba el tiempo y don Octavio empinaba el vaso. Luego, como si fuera a conceder un indulto o planeara una trampa, sonrió de pronto. Alargó un dedo sarmentoso y dijo:

-A ver, tú...

El dedo señalaba sin duda a Pascual Gutiérrez. ¿Qué año es este que acaba de empezar...?

Pascual Gutiérrez no entendió la pregunta, hizo una mueca, miró a derecha e izquierda y, casi inaudible, dijo:

-El año nuevo.

-Si es que acaba de empezar, será el año nuevo, berzotas. Pero ¿en qué año estamos, en qué año vives?

Ya había diez o doce manos alzadas y voces que gritaban:

-¡¡¡Mil novecientos noventa y ocho!!!

Al oír el año y la gritería, don Octavio se puso serio. Se levantó y, a zancadas de sus piernas de palo, fue hasta el fondo de la clase y volvió. Los niños se miraban y esperaban callados, porque don Octavio Pedrosa era imprevisible y lo imprevisible es teatral y requiere un poco de cautela. Se apoyó en la mesa y, al hablar, se le veló algo la voz y le temblaban los labios, no sabían si de emoción o de ira.

-Quiero que recordéis, o que imaginéis -dijo-, una tarde soleada de sábado o domingo, en la que estáis solos, jugando a lo que os da la gana con vuestros mejores amigos, en un pueblecito no lejos de aquí por el que no pasen coches y sólo haya pájaros, árboles, corrales, carros, graneros, un monte, un río... No sabéis qué hora es, ni os importa. Vuestros padres están con vosotros, pero no sabéis dónde se han metido ni queréis preguntarlo. Lo estáis pasando bien. Estáis gritando, sudáis, cazáis lagartijas o grillos, os subís a los árboles, os caéis de culo en el río, echáis carreras, le dais patadas a una pelota y os reís a carcajada limpia cuando uno de vosotros se pega un buen morrón. Ese caos improvisado y alegre os parece que es la libertad, una libertad irresponsable, pero feliz, en la que os tiene sin cuidado si otros niños que no conocéis y han nacido en el pueblo no han tenido ocasión nunca de jugar o son muy desgraciados o muy pobres. Queréis apurar esa tarde al máximo, como si fuera una colilla que no os quemara los labios. Y, de pronto, ahí están vuestros padres, vuestros tíos, que vienen a deciros: «Se acabó. A casa ahora mismo a estudiar y a hacer todos los deberes, que el lunes hay que ir a clase y no habéis dado ni golpe». Pedís media hora más y no os la conceden. Un cuarto de hora más, y no quieren. Decís que no hay deberes, que no hay nada que estudiar para el lunes, y no os hacen caso. La luna, sólo esbozada aún, os mira con tristeza. El mundo entero se os cae a los pies y os separáis unos de otros enfurruñados, rebeldes, remolones, porque os dicen que la vida no es sólo juego, sino también deber. ¿Alguno de vosotros recuerda algo así?

La pregunta sorprendió a la clase, que parecía esperar otra cosa, o se estaba imaginando tardes como esa. Gerardo Quintana rompió el silencio.

Yo, sí. En Perales del Río, en casa de mi abuela, pero fue en el verano...

-Muy bien... Pues hace un siglo, en 1898... A ver. ¿cuántos años tiene un siglo?

-¡Cien años!

-¡Cien!

-¡Profesor! ¡Cien!

-Pues bien, hace un siglo, en 1898, el ambiente de España era tan irresponsable y tan parecido a la libertad como la tarde que os he descrito ahora. Los llamados prohombres de la Patria se vestían de levita y jugaban a ser políticos a la inglesa y eso les paralizaba y entontecía de tal modo que no daban pie con bola. Ni eran capaces de pensar que, si alguien tiene un tesoro y lo descuida, llega otro y se lo roba. Ni se daban cuenta de que lo primero que hay que hacer con la masa es pan y, cuando todos sepan lo que es pan, se pueden hacer pasteles. Los ingleses levantaban su casa de abajo arriba, desde los cimientos, desde la base. Nuestros levitas empezaban la casa por el tejado. Y, vamos a ver, ¿qué pasa cuando empiezas a construir la casa por el tejado?

-Que se hunde -dijo Galindo.

-Así es... Los ingleses se proponían educar y mejorar a su pueblo y los nuestros querían mantenerlo engañado en la explotación e inanición más abyecta... ¿Me entendéis o no...?

Se oyó algún sí dicho con desilusión y desgana, y algunos bajaron la cabeza o miraron fijo a la pared.

-Inanición significa debilidad física, ¡sobre todo por falta de alimento!, ¡¡por no comer!!, ¡¡¡por hambre!!!

Don Octavio escalaba el tono y los niños se encogieron un poco, como espolvoreados con esa culpa.

-España estaba llena de tontos y de héroes. Los que gobernaban eran los tontos y los héroes eran los que tenían que obedecer, sacrificarse y vender cara su vida.

Gustavo García Pardo, que solía sacar muy buenas notas, levantó el brazo y esperó. Cuando el profesor reparó en él, Gustavo le hizo, con cuidado y con tiento, una pregunta.

-Don Octavio, ¿es posible que fueran tontos en España todos los que no fueran héroes?

El profesor de Historia se puso rojo como un tomate, no sabían si de vergüenza o de rabia. Con gran alteración, se paseó en zigzag por la clase, como si no quisiera responderle. Por fin estalló:

-¡No! ¿Es que no me explico? ¡Por supuesto que no! ¡Y por supuesto que sí! Eran tan tontos que un escritor, Azorín, se tuvo que inventar una generación de gente inteligente para que no se rieran de nosotros en el mundo. ¿Qué generación era esa? ¿Lo sabe alguien?

García Pardo dijo:

La del 98.

-La del año del desastre, sí... Pero claro está que había gente inteligente, inmovilizada por lo artificial del sistema y por años y años de abandono: la reina regente misma, doña María Cristina, era inteligente; Pablo Iglesias, el fundador del Partido Socialista, que se lanzó a actuar en la tragedia política española ese mismo año, los conservadores Antonio Maura y Francisco Silvela, el liberal Canalejas, el abanderado del Regeneracionismo, Joaquín Costa, el general Polavieja, Galdós, Menéndez y Pelayo, Ramón y Cajal, Ganivet... ¿Qué os creíais, que eran nombres de calles?

Fermín Santos levantó la mano.

Profesor, yo vivo en la calle de Francisco Silvela...

Hubo un aleteo de risas.

-Me alegra que no vivas en la de Romero Robledo, que también la hay, nadie sabe por qué...

Esto causó sorpresa y cuchicheo palmario y duradero en el rincón de Valentín Orozco.

-¿Qué pasa ahí? -inquirió don Octavio.

Orozco se sonrojó y miró al profesor sin decir nada. Su compañero, algo avergonzado también, explicó:

-Es que dice que él sabe que don Calixto, el director, vive en esa calle que usted ha dicho...

-¿En Romero Robledo?

-Sí.

-¡Pues peor para él...! Esa calle, como protesta, debía de estar sin vecinos... Sigamos... A partir del mes de abril, se cumplirá el siglo de la guerra más desigual y sucia y el tratado de paz más porteril y porcino, más desastroso, que ha sufrido España en toda su Historia. En 1898 los norteamericanos nos robaron las islas Filipinas, en Asia, y Cuba y Puerto Rico, en América. Y nos mandaron a casa a estudiar y a hacer nuestros deberes..., que muy poca gente ha hecho.

Juanito Ontañón preguntó:

-Señor profesor, ¿qué quiere decir porcino?

-Quiere decir marrano, puerco, cerdo, guarro...

Hubo jolgorio y risas y don Octavio Pedroso les dejó solazarse.

El presidente de los yanquis se llamaba William MacKinley, era republicano y, a un embajador que le conocía bien, le parecía un politicastro, populachero, débil, que se apoyaba en los patriotas lunáticos de su Partido. Su nombre se escribe así.

Don Octavio fue al encerado y puso en letras mayúsculas el nombre del presidente. Luego, vuelto hacia la clase, exclamó:

-¡El monigote que os he hecho dibujar también se llama así! ¡Es él! Poned su nombre debajo.

La clase se alborotó de nuevo, mientras se aplicaban todos, con regocijo, a escribir el nombre del Presidente debajo de su pelele o fantoche.

-Era un gringo imperialista, pero el pretexto que puso para invadir Cuba fue que quería la independencia y libertad de los cubanos. En el Pacifico y en el Caribe, destrozaron nuestra flota, que estaba en malas condiciones, sin apenas carbón, y era anticuada y escasa, y desembarcaron en Cuba creyendo que iba a ser un desfile militar de guapos y una exhibición de fuerza pero, hasta que tomaron Santiago de Cuba, que lo defendían cuatro gatos enfermos y mal nutridos, sufrieron una enorme cantidad de bajas.

Don Octavio se acercó a su mesa, cogió el vaso casi lleno aún y lo alzó como una antorcha para que lo vieran todos.

-Esta fue la libertad de Cuba -dijo-: Noventa por ciento o más de Coca-Cola americana y diez por ciento o menos de ron cubano... Lo que llamamos hoy con sarcasmo un «Cuba Libre».

Hizo ademán de brindar, exclamó «¡Por España y por Cuba!» y apuró la bebida hasta que no quedó gota.

A MacKinley le asesinó un anarquista poco después de la guerra, en 1901, si no recuerdo mal, y vosotros, si queréis, podéis apuñalar vuestro monigote con un bolígrafo... El próximo día os lo contaré mejor. Hoy, por decirlo así, me embargan dos sensaciones contrarias: el calor histórico y el frío de enero, y ya me había tomado un Daiquiri antes de venir.

Se echó la bufanda al cuello y salió, pero ya no hubo «próximo día». Los pormenores de aquella lección de Historia corrieron por los pasillos como la pólvora y al parecer don Calixto, el director, le había formado expediente o le había despedido; o estaba suspendido de empleo y sueldo. En fin, que la última víctima del 98 había sido él.






LA HORA


MAÑANA ERA HOY Y AYER; el reloj, un regalo de Reyes de cumpleaños que daba cierta categoría pero no medía el tiempo. El sol tibio o caliente de las mañanas entraba por los ventanales de las aulas y nos pintaba jóvenes, con sonrisas de burla y miradas de amor, entre cuadernos y carteras y una mano desesperada y rebelde cogiendo notas. Las muchachas lucían más relojes y eran más vistosas y bellas. Muchos usábamos corbata y, algunos, un pañuelo dandi, melancólico, inútil, en el bolsillo alto de la americana. Una fortuna más: no teníamos dinero. El tiempo volaba en la hora de Literatura, de Arte y se arrastraba minutero, zumbador, premioso en la hora de Filosofía. Cuando el bedel abría la puerta para dar la hora nos desentumecíamos del atasco pensante y volvíamos a llenarnos los ojos de la luz del día, de la que no se hablaba en las notas ni en el texto.

La Filosofía, o lo que fuera, había convertido en máscara la cara del filósofo, la había llenado de recovecos y arrugas y su rostro tenía un aire mediocre de corteza insensible. Parecía un hombre incapaz de suspender a nadie o amar a nadie. No alzaba la voz, vestía casi siempre de negro, con camisa blanca algo gastada y sucia y el pelo, negro y liso, era un casco fijo graso y opaco. Le teníamos los lunes y jueves y su clase era la última de la mañana, cuando daba más pereza pensar o, por lo menos, así, por galerías oscuras. A las dos, abarrotábamos los tranvías para volver a casa.

Aquel jueves era igual que todos pero, en vez de hablarnos de los mitos platónicos o de la teoría aristotélica de la potencia y el acto, explicó las cinco vías tomistas a posteriori que demostraban la existencia de Dios. Aquel hombre tenía algo de clérigo de paisano y ese jueves de primavera la clase olía a incienso o, quizá, a romero y cantueso de los campos cercanos, a iglesia.

Insistió, hasta el mareo (ad nauseam), en la contingencia del ser. Seríamos contingentes, sin duda, pero no sabíamos lo que significaba. Luego lo dijo: «Lo que no se explica por sí: existe pero podría no existir». Bueno, estábamos allí, sostenidos por la mano del Creador y ninguno de nosotros era necesario -escribíamos en el bloc de notas- pero qué duda cabe que nos gustaba andar juntos y, sobre todo, charlar y que éramos distintos, como las frases de una partitura dispar que se titulara SEGUNDO CURSO. GRUPO A, AULA 24. A mí me parecía necesario admirar los ojos de Begoña o divertirme con el humor de Lauro, contingentes o no.

En el último cuarto de hora llegaban el sopor, la impaciencia. Venteábamos la cercanía de Aniceto, el bedel, para darnos la hora y abría, por fin, la puerta cuando pensábamos que ya no venía. Aquel jueves de comienzos de abril fue como todos. Él tardaba en llegar o el reloj, algún reloj, se movía despacio. De pronto, oímos el picaporte, Aniceto asomó su calva, miró al catedrático, que a su vez le miró a él y, alzando la voz, dijo: «¡La hora!».

Las dos, por fin.

En ese momento, se oyó un golpe atrás. Alguna cartera que se había caído. No, no era eso. Era Ricardito. Un muchacho delgado, de ojos azules y cara entre inocente y viejales. Un buen chico. Amable. Sonreía con cara de susto y se marchaba corriendo a estudiar porque, según él, no le cundía el tiempo. Era la hora, su hora, y estaba muerto.

La contingencia de Ricardito fue un ejemplo excesivo. Sabíamos que estaba enamorado de Matilde. Sabíamos que ella, menuda y parlanchina, le diría un día que sí. Pero nunca estaremos seguros de si morirse aquel jueves, en aquel instante, hizo que nosotros no olvidáramos el tercer argumento de Santo Tomás, y si aquello tuvo que ver con que Elena y Milagros se hicieran monjas años más tarde, y Seve se estrellara una noche en una carretera de Ciudad Real.





EL SILLÓN


MI MADRE SE MARCHO UÑA MAÑANA a la compra y volvió en la furgoneta de un ebanista, que subió a nuestra casa un sillón. Cuando llegó mi padre del trabajo y lo vio junto a la ventana del cuarto de estar, le preguntó:

-¿De quién es eso?

Y mi madre le dijo:

-Lo he comprado yo.

Mi padre la miró con descreimiento y exclamó:

-¡Tú estás loca!

Así me contó mi padre lo del sillón no sé cuántas veces, porque cuando lo compró mi madre yo sólo tenía cinco años y, además, él me lo contaba para que me pusiera de su parte.

Mi madre llevaba ya mucho tiempo insistiendo en que debían adecentar la casa por si un día venía a vernos doña Micaela.

-Doña Micaela es doña Micaela y nosotros somos nosotros: ella tiene dinero y nosotros no...

-Podemos ir comprándolo todo a plazos...

Así que, una mañana, se paró a mirar en la Ebanistería que había junto al Mercado, vio el sillón y le pareció un buen comienzo para cambiar la casa.

El ebanista le contó lo siguiente:

Que el sillón era de caoba americana y de estilo isabelino, pero ya tardío, porque estaba mejorado con muelles en el respaldo y el asiento. Que pertenecía al palacio de la calle de Ministriles y se lo habían llevado para tapizar, pero no encontró seda de Nanking y lo hizo con seda artificial de Chardonnet y, al final, la marquesa le dijo que se quedara con él, porque habían pensado reamueblar la sala...

A mi madre se le pusieron los ojos como platos y, con un hilo de voz, dijo:

-No tengo dinero para comprar eso... ¡Qué pena!

-No hay prisa... Páguemelo a plazos -le dijo el hombre.

Mi madre concertó el pago en siete mensualidades y el ebanista lo cargó en su furgoneta y llevó a mi madre y el sillón a casa.

Nuestros muebles eran de ocasión y viejos, y el que no cojeaba se quejaba en los goznes, tenía aspecto mediocre o había nacido mal hecho. Mis padres, al casarse, compraron los cuatro trastos que necesitaban y se metieron en el piso, que era de renta baja y más viejo que antiguo. Así que mi madre se había ido por las nubes para empezar a renovar los muebles.

Mi padre nunca aceptó el sillón, ni siquiera esperando que nos visitara doña Micaela y, a lo largo de los años, aunque con menos frecuencia según pasaba el tiempo, fue inventando argumentos contra él.

-Ese sillón no es de mi clase... Yo no me siento ahí...

-Un hombre no necesita tanta blandura para las posaderas...

-Sólo hace una revolución el que se sienta por los suelos...

-¡Cuántos jamones nos habríamos comido con el dinero que eso te costó...!

Y, si estaba de buen humor ese día, lo llamaba «el sillón sibilino».

-Pues, hijo... También puede haber tesoros en la casa de un pobre. Nunca estorban -le argumentaba ella.

Mi madre, por la enemistad que les creó el sillón y por falta de dinero, no volvió a pensar en adecentar la casa pero, cada vez que iba a pagar su mensualidad, volvía más segura de que había hecho una buena compra, porque el ebanista le contaba cosas.

-Le apuesto algo a que allí se sentó Pepe Botella...

-¿Quién?

-José I, el rey, el hermano de Napoleón, que le daba al mosto... Mire, señora, en ese sillón se ha sentado Isabel II, que pernoctaba en los palacios de los aristócratas, y su marido, y el general Espartero; ese, sin lugar a dudas; se lo digo yo porque lo sé...

-¿El de la estatua a caballo?

-Ese...

Yo estaba de parte de mi madre y una vez que fuimos al Retiro, me señaló al salir la estatua de Espartero, y me dijo:

-Mira, ese general tan importante se sentó en el sillón que tenemos en casa, aunque tu padre no lo crea.

Y yo me quedé parado y no podía apartar los ojos de él, como si le hubiera conocido de siempre y fuera familiar nuestro.

Un día que volvió enfadado del trabajo, se le ocurrió decir a mi padre que no sabía si vender ese mueble de carcas o adoptar un gato para que se meara en el asiento de la reina y se afilara las uñas con las patas de caoba como un señorito, y mi madre, sin decir palabra, se metió en el dormitorio y comenzó a llorar y yo no me moví, porque él sabía muy bien que quería ir a consolarla y no me quitaba ojo.

Cuando estaba a solas con mi madre, me dejaba jugar a ser el rey y, si estaban en casa Vidal y el Goyo dos vecinos que eran amigos míos, yo me sentaba en el sillón y les ordenaba cualquier cosa, que fueran a la cocina y me trajeran un vaso de agua y una cuchara -yo creía que los reyes tomaban el agua como la sopa-, que dieran varias vueltas a gatas por la habitación o que vinieran a pedirme permiso ceremoniosamente para descubrir un país de indios feroces. Si armaban una revolución contra mí yo tenía que vencer, pero eso lo hacíamos apartados del «trono» para no dañarlo, porque mi madre me decía siempre que tuviera cuidado, que los reyes no estaban pataleando y moviéndose constantemente en el trono, como yo.

Yo conocía a doña Micaela por una foto donde me tenía en brazos cuando yo estaba en mantillas y ella apareció por fin una tarde a primera hora para sorpresa mía y alegría de mi madre, los únicos que estábamos allí.

Conforme entraba, le iba echando una mirada un tanto fisgona al piso y se fijó en el sillón de pronto.

-Pero, hija, ¿es que os ha tocado la lotería o es que lo habéis robado?

Y, para quitar importancia a lo que había dicho, se echó a reír. Mi madre la mintió:

-¡Ya se lo he contado mil veces! ¿Es que no se acuerda? Era de mi bisabuela, que se lo regaló una señora muy encopetada del pueblo a la que había servido durante muchos años. Luego, lo heredó mi abuela Bonifacia y, al morir, se quedó mi madre con él.

-Pues qué raro, hija, está como nuevo.

-Porque lo he llevado a tapizar...

Se sentó en él y mi madre le hizo café y le puso una servilleta y un plato con dos rosquillas.

A mí, doña Micaela sólo me acarició el pelo y me dijo que era ya un hombrecito.

Hablaron mucho tiempo de gente que yo no conocía, pero mi padre llegó tarde, como si hubiera olfateado la visita y se alegró de no haberla visto.

-Ahora que esa mujer ha estado sentada en ese trasto, lo podemos vender -dijo.

Al oírle, se me puso un nudo en la garganta y, en cuanto tuve ocasión, le pregunté a mi madre lloroso: ¿Lo vais a vender?

-¿Quieres tú que lo vendamos?

-No.

-Pues yo tampoco.

Y me dio un beso.

Hoy me doy cuenta de que ese trasto me hizo soñar con ser Espartero, con ser el rey y disponer de ejércitos a mi mando. Estar en él era traspasar la puerta de las ilusiones y los tesoros, ver princesas, no oler las sardinas ni los pimientos fritos, vivir en un palacio. Gracias a mi madre, él fue la única aventura de nuestras vidas, mi único juguete, el que, siendo pobres, impidió que lo fuéramos y grabó en mí una dignidad secreta que todavía inexplicablemente sé que llevo dentro.

Al final, tuvieron que venderlo, pero yo había dejado ya de jugar.




CORTE DE HISTORIAS



ACABABA DE MARCHARSE LA ASISTENTA cuando sonó el teléfono. Era una voz conocida.

-¿Quién es?

-Soy Cosme Gómez, el peluquero de Pedreras, 8.

Que si estaba bien, que hacía más de dos años que no me veía el pelo, que podía ofrecerme sus servicios a domicilio, si me parecía bien.

-¡Hombre, así de pronto, no sé!

-A usted le voy a cobrar lo mismo que antes...

No lo pensé más; me encuentro perezoso y, si dejé de ir a su establecimiento, es porque dos mujeres habían abierto un Salón más cerca de casa.

-Ven por aquí el viernes de la semana próxima. De hoy en once días. Sobre las diez o diez y media...

Cosme era un fulano enteco con una voz cavernosa y seca oliente a nicotina como si hablaran sus huesos en lugar de él. Aparte del afeitado y del corte a cepillo, al uno o al cero y, si lo pedía el cliente, ribete en la frente a lo romano, con él sólo había dos opciones, el pelo para atrás o el pelo ladeado con raya, a derecha o a izquierda, a gusto o costumbre del parroquiano. Lo mío era para atrás.

Su establecimiento tenía por fuera un color azulenco de nube vieja y, en letra picuda sobre la puerta, un letrero que decía: Cosme Gómez. Barbería y Peluquería tradicional y Moderna y, para mayor confirmación, la pintura de una cabeza enflaquecida de hombre con abundante pelo negro ondulado y un bigote negrísimo puntiagudo que le daba aires de mosquetero tísico. Por detrás de la ventana, sostenida desde el marco con dos cadenillas, colgaba una cartela azul, blanca y roja con la palabra «Coiffeur». Dentro, sólo había dos sillones y un banco almohadillado al pie de la ventana donde esperaba cada cual su turno. Por la puertecilla estrecha de la trastienda se entreveía una percha en la que se colgaban las prendas invernales de abrigo y allí, taponando la entrada, era raro no ver a una mujer llamada Asteria, que miraba no se sabía dónde y, cuando Cosme le hacía una seña, barría los montones de pelambrera esparcidos por el suelo.

Cuando yo aparecía, Cosme me saludaba así:

-¿Qué tal, don Bonifacio? Lo de siempre. ¿no?

Yo asentía con la cabeza, me acomodaba en el sillón y empezaba a leer una revista de cualquier mes o cualquier año. Aquel era un buen sitio para leer revistas, para acordarte de que no habías pagado aún el recibo de la luz o para bostezar, porque sólo se oía el pío pío de las tijeras y la maquinilla eléctrica alguna que otra vez. Por eso me gustaba. A Cosme le había enseñado su padre y maestro del oficio, que lo elegante era no hablar antes de que le hablaran a uno y él, a lo largo de muchos cortes de pelo, sólo se permitió hacernos copartícipes, a mí y a otros, de un suceso en su establecimiento que le parecía entretenido para el personal y lo contaba siempre como un drama.

La historia que contaba era así:

«Un día, se presentó aquí una mujer de mediana edad tirando a vieja con un velo negro en la cabeza, como se ponen para ir a misa, y en la toquilla, muy relucientes y visibles, tres o cuatro medallas. Se dirige a mí con voz de mucha vergüenza y melindres, y me pide que, por favor, le dé un mechón de pelo de ese hombre medio en pelota que anda por el río, cerca del puente, del que se cuenta que hace curas milagrosas. Y que sólo lo quería como reliquia. Yo no salía de mi asombro, y le dije:

-Ese hombre no ha estado nunca aquí a cortarse el pelo...

En esto, interviene Asteria, que sí, que ella le ha visto pasar por la calle y que lleva melena...

Yo, que aquí no ha venido, haya pasado por la calle o no, y Asteria que sí, que le ha visto pasar, y la mujer se vuelve de pronto, como apurada, y nos dice muy fina:

-Ustedes perdonen, ¿eh?, que no he venido a molestar..

Se va hacia la puerta y desaparece como por ensalmo.

Nos quedamos un rato comentando el hecho el cliente al que estaba atendiendo, Asteria y yo, cuando me fijo en que, del tocador, me faltan dos tijeras y una pastilla de Heno de Pravia...

Salgo a la puerta, echo a correr hasta la esquina, miro por todas partes, y la de las medallas, nada, como si no hubiera existido.

Conque voy y se lo cuento al único agente que viene a servirse aquí, don Leandro, y me dice que él puede hacer poca cosa, porque eso no era un robo, sino un hurto, pero que dejaría una nota en la Comisaría por si la mujer era reincidente y, en ese caso, tal vez pudieran echarle el guante pero, de las tijeras y el jabón, que era mejor que me olvidara de ellos...».

A continuación. Cosme hacía con hombros y brazos un gesto de incomprensión e impotencia y se callaba y, entonces, yo mismo, o cualquier cliente, nos poníamos a su favor con algún comentario que le tranquilizara, como:

-¡Están los tiempos de fíate y no corras...!

O:

-Le digo que lo mejor es que nos dediquemos a hurtar, y que roben otros...

El viernes, pasadas las diez, apareció con un maletín de utensilios para su trabajo y dijo que el sitio adecuado era la cocina, por el agua del fregadero y para barrer luego los pelos en el linóleo y dejar limpio el resto de la casa.

Al empezar su tarea le pregunté:

-Bueno, hombre, ¿y quién trabaja ahora en el local, Asteria o has metido a alguien?

-A nadie. He cerrado el negocio.

-¿Tan mal te iba?

-Ni mal ni bien, como siempre... Pero cuando esas peluqueras de por aquí cerca abrieron lo suyo y al señor Carrasco le dio por ir todos los días a mi local, empezaron a escasearme los parroquianos...

-¿Y quién es Carrasco? ¿Un pariente?

-No. Usted ha tenido que coincidir con él alguna vez... Es el viejo aquel tristón y delgaducho que hablaba siempre de Francia y de la Guerra Civil... ¿Se acuerda?

-¿Un exiliado...? No sé...

-Sí, un hombre que perdió a la mujer y a los hijos en la Guerra y luego pasó la frontera cuando lo del Ebro, estuvo en campos de concentración, prohijó a una criatura de un año, que era hijo de una comunista española deportada por los alemanes y tuvo, a cual peor, más de veinte empleos en Francia, durmió por las calles o donde pudo, pidió por caridad lo que le dieran de comer y un día, ya viejo y casi a pie, se volvió a España...

-¿Solo...?

-Sí, el hijo se casó con una belga y se quedó allí.

-Bueno, ¿y qué?

-Que un día en que estaba en mi barbería contando su odisea, porque iba sólo a hablar, no a cortarse el pelo, un cliente mío que le escuchaba con mucha atención y había estado en el cacao de Brunete con los leales, le dio al marcharse cinco duros sin decir oxte ni moxte y al viejo se le abrieron los ojos como platos y creyó que mi casa era un Potosí y allí le he tenido un año largo, mañana y tarde, contando la misma historia... Y por lo menos once de mis clientes fijos desertaron.

-Pero, ¡hombre!, haberle echado de allí...

-Lo que contaba era su vida, don Bonifacio, y yo no he tenido tripas para echarle...

-¿Y el hijo no le ayuda?

-Le manda algo todos los meses y el viejo, cuando tienen averías, ayuda o aconseja a unos estraperlistas que tienen coche, porque él fue mecánico antes de la Guerra, aunque ya no está para tirarse al suelo...

-Y has cerrado el negocio por él...

-¡Claro! ¿Qué iba a hacer yo, don Bonifacio...? ¿Decirle que se fuera?

-Y Asteria, ¿qué piensa de eso?

-Asteria no piensa nada. Nunca ha pensado nada. Le da igual, supongo. Ella se queda tan conforme con repetir que la pobreza también aumenta, como el dinero...

-¿Dónde está el viejo ahora?

-No lo sé... No he querido saberlo...

-¿Y resulta rentable ir cortando el pelo de casa en casa?

-Me canso más que antes pero, aunque sigo con el trabajo, también cobro el subsidio de paro... Hoy día, para vivir, con trabajar no basta, hay que emplear trucos...

Me quedé callado sin saber qué decir, porque estaba atareado con mi cabeza un hombre bueno, un hombre con un corazón de oro que yo no acababa de entender y, aunque no me hacía falta, le pedí también que me afeitara por meterle seis pesetas más en el bolsillo...




EL PAÍS
Se va la voz dormida de Medardo Fraile
1 DE MARZO DE 2013


Medardo Fraile, cuentista mayor de este país, que habitaba en Escocia desde hace cincuenta años pero que nunca abandonó su memoria de España, murió mientras dormía en su casa de Glasgow el viernes por la noche. Era un hombre tímido cuyos relatos fueron lo mejor de su producción literaria, pero también es autor de unas memorias conmovedoras en las que revisita su país en guerra y traza un panorama de inolvidable nostalgia de lo que él vivió en Madrid cuando era adolescente.

Hablaba como si nunca hubiera vencido la timidez que lo condujo a la esquina de las mesas de una generación fecunda de la literatura española, la que vivió de pleno la guerra civil. Vivía en Glasgow, donde se fue por amor en 1964, y donde enseñó literatura y escribió muchos de sus libros fundamentales, entre ellos su autobiografía de 2010, El cuento de siempre acabar (Pre-textos). Nació en Madrid en 1927, fue premio de la Crítica, ganó el Sésamo y algunos otros galardones. Escribir era su premio, decía.

Cuando vino a Madrid a hablar de ese libro de memorias, Fraile, uno de los mejores cuentistas de su generación, se encontró de pronto con uno de los principales capítulos de esos recuerdos: la calle en la que vivió su adolescencia, bajo las bombas de Franco. En el libro describe casa por casa esa calle, y se detiene en el número en el que vivió un muchacho, de apellido Carrasquilla, sobre cuya azotea caían los panes que Franco lanzaba sobre Madrid como una maniobra de propaganda antirroja. Cuando Medardo vio otra vez el escenario de sus andanzas de chico, rememoró cada minuto de la guerra en su casa, con cada uno de los detalles fijados como en piedra. “Mi casa era una alegoría de España. La mitad del piso era de izquierdas y la otra mitad de derechas. En la cocina había a veces situaciones muy tensas. Mis tíos eran un poco brutales; tenían hijos en el frente y eso se comprende. Pero en general hubo un clima más o menos civilizado”.

Era metafórico y minucioso, como en sus cuentos; y narraba lo que pasó en la guerra, más de setenta años después, con el mismo vigor con que hubiera contado el presente. Creía que el cuento era “un puñetazo lleno de realidad posible”, y a aquel tiempo le concedía una vigencia insoslayable, por eso hablaba de lo que pasó entonces como si estuviera narrando oralmente lo que quizá entonces se contó a sí mismo, mientras paseaba, bajo el ruido de las bombas, por estos escenarios entonces devastados.

Contaba sin pudor su vida, y hablaba con libertad de amigos y de adversarios, a los que zahería en voz baja; su recuerdo más emocionado, en las memorias y en persona, era para Ignacio Aldecoa, prematuramente fallecido en 1969, a los 44 años. Aldecoa era el jefe de filas de la generación de Medardo, “era el hermano mayor”. Evocando esa muerte, Fraile, que supo la noticia por casualidad en su exilio escocés, dijo que aquel compañero era sin duda un escritor de una voz “inconfundible, ejemplar”, el mejor de su tiempo, y mientras lo iba diciendo de sus ojos nítidamente azules fueron brotando unas lágrimas que al fin le quebraron la voz.

Nunca se fue del todo de España, o nunca estuvo del todo en Escocia. Cuando venía a Madrid llamaba a sus amigos, a sus editores, explicaba su nostalgia en función del frío que pasaba en Glasgow, pero en realidad sintió que aquella larga estancia fuera de su país había desnaturalizado el conocimiento que él mismo, y sus estudiosos y animadores -José María Merino, Ángel Zapata, Eloy Tizón…-, creía que merecía su producción literaria. Le pregunté por qué seguía viviendo allí, tan frío y tan lejos. “Pues ni yo mismo lo sé”. Dio clases en la Universidad de Strathclyde, desde los años setenta. Allí se casó, allí nació su hija. Explicando por qué seguía en Escocia dijo: “Allí estoy, recordando; yo vivo en Escocia, pero lo único que hago allí es recordar España”.

Escribió cuentos infantiles (uno de ellos, Santa Engracia, número dos o tres, hace alusión a la zona madrileña en la que pasó la guerra), la novela Autobiografía, en 1986, que acaba de ser reeditada por Menoscuarto con el título Laberinto de fortuna. También escribió ensayo y crítica, hasta que se decidió a hacer sus memorias, un compendio enjundioso de la vida de su tiempo, en el ámbito literario, pero sobre todo personal y político. Como él mismo, al menos en los últimos tiempos, esas memorias definen su carácter melancólico y tímido, pendiente de los destellos que vinieran de su país. Había anunciado para ahora uno de sus periódicos regresos. El futuro fue siempre imperfecto (Páginas de Espuma publicó hace dos años Antes del futuro imperfecto, sus recuerdos se llaman El cuento de nunca acabar), así que terminó poniéndole punto final a la ilusión reiterada de Medardo de volver al calor de su país al menos de vez en cuando.