abuelos.png

MIS ABUELOS: Aitana Fernández Solano


Tengo dos abuelos, porque dos de ellos, mis abuelos paternos, ya han fallecido. ¡Qué pena!
Comenzaré hablando de mi abuelo Manolo, que era el padre de mi padre.
Era muy buena persona. Nos quería a todos mucho. Recuerdo que cuando íbamos a la guardería venía a despertarnos junto con su mujer, mi abuela Resu. Era un momento estupendo
Cuando hacía mucho frío, nos llevaba en su coche.
Como su casa era un poco antigua, tenía cocina de leña, nos preparaba unas tostadas de ajo buenísimas.
La abuela Resu, también era muy buena persona.
Siempre la he conocido un poco enferma, pero a mí eso no me importa. Para mí, lo más importante es que estuvo conmigo hasta que cumplí ocho años.
Mis otros abuelos viven en Calahorra. Mi abuela Carmen nos ha ayudado desde que nacimos. Venía a Alfaro muy a menudo para que mi madre pudiera hacer todo el trabajo que dan dos bebés.
Otra de sus cualidades, es que es muy buena cocinera.
La comida favorita de mi hermana es la sopa. Hasta cuando hace calor y a nadie de la familia nos apetece sopa, le hace una cazuela gigante para que tenga para toda la semana.
Todos los viernes, sábados y domingos va a echar la partida con sus amigas, y los demás días de la semana los dedica a la casa y a cuidar de su marido, que como todos los hombres, da mucha guerra.
¡Es la mejor abuela del mundo!
Mi abuelo Félix es un poco renegón. Tuvo una enfermedad bastante grave, pero ya se ha curado. Desde entonces, todos los días va a pasear por el parque y luego a casa a ver la tele. Se pega una gran vidorra.


Mis abuelos: Diego Antón


En la actualidad, para mí solo vive un abuelo, mi abuelo Miguel. Hasta hace poco también vivía mi abuela que falleció hace como dos meses. La historia de mis otros abuelos es bastante peculiar ya que mi abuela paterna murió hace años en un accidente junto con mi tía y mi abuelo Teodoro está desaparecido por el mundo.
Más cosas sobre ellos.
Miguel tiene muchos años y vive en Medina de Rioseco provincia de Valladolid con mi tío soltero que es discapacitado. ¡Vaya pareja! Se llevan a matar, como “el perro y el gato”, pero en el fondo se quieren. Como hace poco que se ha quedado viudo le echan una mano sus hijas, mis tías que viven en el pueblo. Mi madre también va muchas veces a verle. Yo a mi abuela Josefa la quería mucho y tiene muchas anécdotas que contar como cuando yo le decía “dame un trozo de helado” de los de barra y me daba media barra. Toda la comida que hacían sus hijas estaba buenona. También le gustaba hablar mucho con la gente y saber cosas de los demás. Conocía a todo el pueblo. Cuando se moría alguien con noventa y tantos años decía: “Miguel, que se ha muerto fulanito, con lo joven que era”. Cuando se murió le hicieron como un homenaje en el pueblo porque decían que era una heroína.
De mis abuelos paternos solo puedo hablar de lo que oigo en casa. Mi abuela era muy buena y mi abuelo ha desaparecido y no sabemos nada de él.
Estos son mis abuelos. Es una pena que se hagan tan mayores y que los perdamos.

Mis Abuelos: Andrea Muñóz


De mis cuatro abuelos, por desgracia solo tres están junto a nosotros, ya que la madre de mi madre, Mani, falleció tres años antes de que yo naciera. NI siquiera mi hermano mayor es capaz de recordarla con nitidez. Qué triste es que nuestros familiares, nuestro más sincero y primer apoyo tras nacer, tengan, por ley de vida, que irse antes que nosotros. Empezaré hablando de mi abuela Mani.

Mi abuela vivió en Mendavia, un pueblo de Navarra que yo considero bellísimo y en el que me gustaría pasar alguna vez una temporada larga junto a mis primos. Mi madre la quería muchísimo, como es normal entre una hija y una madre, y me ha contado muchas historias que tienen que ver con ella. A mí me gusta escucharla, soy capaz de imaginarme a mi abuela junto a nosotras, y, a veces, hablo con ella cuando necesito algún milagro que solo ella puede hacer, por estar tan lejos y a la vez tan cerca de mí. Lejos, porque no podemos vernos físicamente, no puede abrazarme, ni besarme, ni acariciarme el pelo como a mí me gustaría, pero cerca porque es capaz de superar la línea del tiempo… ¿Qué digo del tiempo? ¡De la vida! Ya que ella desapareció de este mundo antes de que yo hubiese tenido la mínima posibilidad de conocerlo, cuando yo no era ni un sueño en la vida de mis padres. Según me cuentan, algo que yo creo como si fuera un dogma, es que era una buenísima persona, trabajadora, buena madre y luchadora. Yo la admiro profundamente, ya que, junto con mi abuelo, supo enfrentarse al dolor que supone tener a una hija ciega, salir de los estereotipos de aquella época y poder asegurarle un futuro digno, aunque eso significase separarse de ella. Me imagino que esto tiene que ser para una madre como si, al irse, el hijo se llevase consigo un retazo de su corazón.
Conforme fue haciéndose mayor, mi abuela fue perdiendo vista, por lo que tuvo que dedicarse a la venta del cupón. Me parece tan irónico que, después de enfrentarte a lo que supone la discapacidad, y cuando ya parece que has terminado de pelear porque tu hija puede valerse por sí misma, notar que ahora eres tú la que lo vives…
finalmente mi madre llegó a ser alguien en la vida, por supuesto porque ha demostrado tener constancia, dedicación y valor, pero quien le hizo dar el primer paso a eso, a la libertad, a la igualdad, a la autonomía e, incluso, al amor, esos han sido mis abuelos.
A veces, cuando estoy jugando con mis primos, me asalta un pensamiento: ¿cómo se comportaría mi abuela con nosotros? ¿Qué le pareceríamos? ¿Podría, de niña, haberme acurrucado en su regazo o a su lado, mientras ella me acariciaba dulcemente, transmitiendo ese calor y esa sabiduría que solo se alcanza cuando estás en la cumbre de tu vida?

Ahora hablaré de la madre de mi padre.
Mi abuela Ángela, aunque no la veo mucho, me parece una abuela estupenda. Siempre se preocupa de que no nos falte de nada, sobre todo de comer, cuando vamos a pasar, todos los veranos, unos días a una casita que tienen en Torrevieja. Sus aficiones preferidas son el ganchillo y el baile. También creo que es muy valiente y luchadora porque, al igual que Mani, ha tenido hijos ciegos, pero no una de cuatro como ella, no no, Ángela ha tenido tres hijos, y de ellos, dos ciegos, a los que tuvo que dejar partir con solos seis años. Me imagino que una familia así debe suponer un reto que hay que afrontar obligatoriamente, un reto que te impone tu amor y tu instinto maternal.
Me hace mucha gracia cuando, mientras estamos en la playa, mi abuela se va a pasear y aparece siempre cuando no la esperamos, con la cabeza cubierta por una enorme gorra en proporción con su tamaño.
Últimamente la noto algo distinta, cada vez está más encogida (y ya no es porque yo siga dando estirones, espero), más delgada, le cuesta acordarse de cosas y a veces, en mitad de una conversación, su mente parece adentrarse en un mundo desconocido y confundiese los diálogos. Estoy preocupada. Aunque tengo casi diecisiete años, para mi alivio no me he tenido que enfrentar al dolor de la pérdida de un ser cercano, y no quiero hacerlo.
El padre de mi padre, Faustino, es un hombre con el que es imposible estar sin reírte o, en el peor de los casos, sin que te saque una sonrisa. Siempre está haciendo chistes, mi padre y él se parecen de un modo tan evidente que me enternece. Los dos hacen gracias ilógicas, me cambian el nombre y se compenetran a la perfección. Cuando nací, mi abuelo me comenzó a llamar Moni mientras me cogía mi diminuta nariz, que comparaba con un botón. No sé por qué lo hizo, pero me gusta, sobre todo porque tanto mis padres como él lo siguen haciendo casi diecisiete años después.
Cuando vamos en verano a Torrevieja, me encanta pasear con mi abuelo por la playa. Cuando lo hacemos ninguno de los dos pronuncia una palabra, como si quisiéramos fundirnos con la naturaleza, o simplemente admirarla. Adoro esas caminatas, que estrechan nuestros lazos cada vez más.

Por último mi abuelo Chato, el padre de mi madre, es todo un personaje. Hoy ha cumplido ochenta y dos años, y está como una rosa, goza de mejor salud que algunos que tienen sesenta y cuando no les da un susto el corazón son los pulmones, y cuando no la cadera, o las tres cosas. Mi abuelo no puede parar en casa, supongo que ese será un medio para combatir la soledad que le produce su viudez, que ha cumplido veinte años. Veinte años… ¿Cómo sería vivir sin tu pareja de toda la vida, la madre de tus hijos, durante veinte años? Mi abuelo no suele hablar de mi abuela, y cuando lo hace no puedo evitar sentirme incómoda. Lo que a mí me gusta es que la narradora de historias sobre la abuela sea mi madre.
Mi abuelo es ágil, rápido y tiene buena vista, me da una envidia… En todo. Vive en naturaleza, trabaja el campo y está rodeado de amigos y de familia. Cuando sea mayor, yo quiero ser como él. Todas las mañanas se va al campo, a su terreno, a preparar los cultivos, cuyos productos nos prepara en bolsas de tamaño industrial, va a la cabaña a comer la caza con sus amigos, entrena a los niños para jugar a la pelota… En fin, que lleva una vida… Qué menos que admirable.
La última experiencia que hemos vivido juntos ha sido hoy mismo, día en el que, con toda la dignidad, ha cumplido ochenta y dos años. Cuando acababann de dar las cinco y cuarto de la tarde, mis padres, mi hermano, mi perro y yo nos hemos metido en el coche rumbo al pueblo para celebrar con él, mis tíos y mis primos su cumpleaños. Mis padres siempre dicen “podría ser el último cumpleaños que pasemos con ellos…” y, aunque me parece siniestro y triste, comprendo que puede ser perfectamente cierto. Cuando hemos llegado hemos esperado pegados a la pared que hay junto a su casa hasta que él viniera. El cielo estaba tan azul que incluso, con tanta claridad, hacía algo de daño a mi sensible vista y el sol, ya bajo, pero aún tibio, nos bañaba el rostro. Los pajaritos trinaban armoniosamente. En estas situaciones siempre estoy de buen humor. Cuando mi abuelo ha llegado junto a nosotros le he dado dos besoss y mi hermano se ha quedado con él mientras cambiaba las cuchillas de su mula mecánica.
Recuerdo cuando era pequeña y venía todos los domingos a casa, jugábamos juntos y me contaba cuentos, cuentos de toda la vida que con él nunca eran iguales con respecto a los de la semana anterior, aunque en teoría fueran los Mismos.
Después de un rato, he vivido una escena que espero no olvidar nunca: alrededor de una mesa llena de comida preparada con mucha ilusión y alegría por mi tía, estábamos sentados mi hermano, mi abuelo, mis padres y yo, mientras mis tres tíos, mis cinco primos pequeños y un amigo de estos correteaban cerca de nosotros, impregnando el aire con sus risas inocentes e infantiles, risas de la época de la vida en que somos felices con un balón y un amigo o un hermano, y no con un sobresaliente, una matrícula de honor o un IPad. Mi primo Íker le ha dado a mi abuelo una foto, que es de hace dos años, pero que se ha empeñado en hacerle él solo, emmarcándola con goma eva. Es tan tierno… Después nos hemos hecho fotos, toda la familia reunida, con mi abuelo con una corona azul adornada por mis primos en la que lucía el número de sus muchos años de experiencia que no le cabía en la cabeza, celebrando, todos juntos, que el Chato es el más longevo de todos, y, sin embargo, aún podemos decir, gracias a Dios, porque no sé qué haría sin él, que está entre nosotros, sano como un melocotonero y fuerte como un roble.

Mis Abuelos: Sara Zerrouti


Mi abuela nunca ha pisado un instituto, pero es una de las personas más sabias que conozco, una filósofa de la vida y del mundo, que siempre ha aplicado a las cosas una lógica digna de cualquier pensador griego. Un día, me propuso que las dos hiciésemos un juego. Tenía nueve años, y en esa época de mi vida, no solía rechazar nunca una propuesta de ese tipo, así que acepté sin dudarlo.
Me relató que en un libro, que pertenecía a su padre, había leído que los hombres de la antigüedad, para memorizar bien todos los datos que aprendían, tenían en sus mentes la estructura de una casa. En cada habitación, guardaban un dato que les interesaba, y cuando querían recordarlo, solo tenían que recordar en qué parte de su vivienda mental lo habían dejado.
Me explicó que hacía ya bastantes años que ella había comenzado a construir su propio palacio de la memoria. En él, guardaba todos sus recuerdos y conocimientos. Me confesó que cuando necesitaba revivir alguno, se adentraba en su palacio, con sus zapatillas de andar por casa, y solo tenía que dirigirse a la sala donde lo hubiese depositado, e incluso se atrevió a decirme, en voz más baja, como si se tratase de un secreto, que cuando quería aislarse del mundo, no tenía más que recorrer el jardín que se había creado.
Le pregunté, estupefacta y fascinada con la idea, que si ya tenía terminado su palacio, y me respondió que nunca lo terminaría. Su edificio era cada día más y más grande, con más y más salones, muebles y esculturas diferentes, pues cada día tenía un recuerdo nuevo que llevar allí.
Tener una morada, como la que tenían las princesas de los cuentos, me pareció una idea excelente, así que comencé a construir mi propio palacio de la memoria, labor que todavía continúo. De hecho, comparto algunas salas con mi abuela. De hecho, compartimos algunas salas.
La entrada a mi palacio está flanqueada por un gran pórtico, a imitación de los que pueden verse en los templos griegos. Como mi estilo preferido es el corintio, todas las columnas de mi pórtico están coronadas por capiteles, que están decorados con relieves que representan motivos vegetales.
Nada más atravesar la puerta, se accede a un enorme vestíbulo, con suelos de impoluto mármol blanco. Está presidido por una escultura de la diosa Atenea. Cuando descubrí, en las clases de mitología, que Atenea era la diosa de la sabiduría, y que una preciosa escultura suya, bañada en oro, que se hallaba en el Partenón, se había perdido, no dudé en colocarla en mi palacio. La puse en honor a mi abuela, que siempre me ha transmitido todo su saber.
Las estancias que conforman el interior se reparten en dos alas, la derecha y la izquierda.
Una de estas salas, a la que acudo cada vez que necesito recordar los momentos vividos con mi abuela durante mi niñez, está situada en el ala derecha. La diseñamos mi abuela y yo.El suelo está cubierto por una mullida alfombra persa, y la luz penetra por cuatro grandes ventanales. En ella, residen todos los recuerdos infantiles que tienen que ver con mi abuela,aunque seguramente no he conseguido conservarlos todos.
Aquella noche, me hallaba sentada en una incómoda silla de hospital, al lado de la cama, en la que mi abuela estaba tumbada, porque le habían diagnosticado una pulmonía, que había ido agravándose paulatinamente. Unas horas antes,el médico,empleando un tono demasiado frío para mi gusto, había dicho que era crucial que no empeorara en el transcurso de la noche,porque eso aumentaba las posibilidades de que no sobreviviese.
Tras escuchar aquellas funestas noticias, tuve la necesidad de aclarar mis ideas, de ver a mi abuela en otro lugar que no fuese una aséptica habitación de hospital, con el aire viciado por un desagradable olor a desinfectante y a medicinas.
Sin contemplar la escultura del vestíbulo, mis pasos se dirigieron inconscientemente a la primera sala que habíamos construido juntas, la de las alfombras y los ventanales. Nada más entrar, no pude evitar detenerme ante una de las conversaciones que había mantenido con ella.
Una vez, mientras me comía una manzana, me dijo que aquella fruta,de intenso color rojo,era producto de la transformación sufrida por una pequeña semilla. Continuó diciendo que el universo era una realidad, donde todo era mutable, perecedero, y en la que pocas cosas perduraban. Terminó diciendo que el presente no era más que un efímero segundo, dentro de una eternidad inmensurable.
Cuando sentenció aquello, no entendí nada de lo que me había querido decir. Lo único que me había quedado más o menos claro era que la manzana provenía de una semilla. Sin embargo, preferí no preguntarle nada. Sabía que si hacía semejante cosa, mi abuela podía pasarse hablando de la dichosa fruta el resto de la tarde,pero de todas formas, decidí llevar aquella charla al palacio, por si algún día tenía ganas de comprenderla.
De vuelta en el hospital, en la misma habitación con aquel aroma tan desagradable, donde no había luz ni olía a flores frescas, fruncí el ceño pensativa. La semilla que había originado la manzana, tenía que haber sido antes un árbol.
A eso debía referirse mi abuela cuando decía que el universo se transformaba. Estaba claro que la semilla había sufrido múltiples procesos de transformación, para llegar a ser una manzana. Y esa conversión de una pequeña simiente en una sabrosa manzana, había sido fruto del cambio.
Perfecto. Ya había entendido parte de aquella extraña conversación, mantenida por lo menos diez años antes. Pero la conclusión a la que llegué unos segundos después me alarmó y me dejó paralizada en la silla.
Si la semilla había cambiado, era completamente lógico pensar que había desaparecido, que ya no existía. Tenía que ser así. Sino vi la semilla mientras me comía la manzana, era porque ya no estaba.
Mi estado de alarma no mejoró cuando recordé, con horror, que me había expuesto todo aquello del cambio el mismo díaque había fallecido una de sus amigas del vecindario.
No. No podía haberse referido a eso. Si estaba en lo cierto, mi abuela me había dicho que ella desaparecería por completo, igual que esa semilla, transformándose en otra cosa. El hecho de que todos íbamos a irnos algún día lo tenía claro desde hacía mucho tiempo, pero repentinamente, fui consciente de que eso podía sucederle a ella de un momento a otro, incluso aquella misma noche.
Me arrepentí de haber entrado al palacio, y más aún de haber recogido esa conversación. La cambiaría de sitio. La pondría junto a los espantosos recuerdos que me dejase aquella noche, en el lugar más ominoso que pudiese encontrar.
Abandoné esos pensamientos y devolví mi atención a mi abuela. Seguía dormida, sin enterarse de nada de lo que estaba pasando, de lo que podía sucederle. Sentí ganas de despertarla y contarle la conclusión a la que había llegado. Quise preguntarle si tenía ella la intención de transformarse como la semilla, de abandonar este mundo para ir a otro, o para volver de otra manera. Pero era absurdo y ridículo.
¿Qué conseguiría con eso? Nada. Absolutamente nnada. Mi abuela hacía meses que había dejado de responder, porque no comprendía lo que se le preguntaba.
Esta respuesta me entristeció todavía más. Hacía tiempo que padecía una enfermedad, que algún científico había denominado demencia senil. Los expertos la describían como una pérdida progresiva de las capacidades cognitivas y memorísticas, pero a mí me parecía más bien que mi abuela había sido expulsada del paraíso de su memoria injustamente.
Eso me llevó a pensar, que cuando me propuso que construyese mi propio paraíso particular, mi palacio, olvidó mencionar que en él también acecha el peligro. Puede ser un paraíso, pero bajo él, se oculta el infierno de los malos recuerdos.
En las mazmorras, un lugar oscuro, frío y húmedo, habitan escondidos todos los espectros de las malas vivencias, los fantasmas que representan los momentos dolorosos. Evito bajar allí siempre que puedo, pero igual que la pena es inevitable muchas veces, también lo es que la mente se comporte como una traidora cruel y te conduzca a la cárcel del palacio.
Al entrar, un fuerte edor a humedad y suciedad invadió mis fosas nasales, y pude escuchar la voz de la médica de la residencia de ancianos en la que vivía mi abuela. Su voz reverberaba en las paredes y decía: un día, tu abuela no te recordará, y aunque le digas quién eres, no será capaz de reconocerte.
Abandoné asustada el lugar, y las pesadas puertas de hierro oxidado, se cerraron con un chirrido y un golpe seco. Me alejé de la voz lo más rápido que pude, y en unos segundos, regresé al hospital. Respiré ondo para tranquilizarme y me reprendí mentalmente. Me había dejado llevar por aquel momento, uno de los peores que recordaba, con demasiada facilidad. No podía pasarme eso. El palacio de mi memoria era mío, y por tanto, se suponía que tenía el poder de decidir qué quería recordar y cuándo, aunque fuese difícil.
Y mientras hablaba conmigo misma, volví, casi sin pretenderlo, a adentrarme en las profundidades de mi memoria.
Esta vez ni siquiera atravesé el vestíbulo, aparecí directamente en la biblioteca. Era relativamente nueva. La había creado hacía un año, tras visitar la biblioteca de una universidad irlandesa. La quietud que se respiraba allí,el olor a libro viejo pero bien cuidado, y el orden que reinaba en aquel templo medieval del saber, me habían encantado.
Nada más terminar la visita,trasladé esa misma biblioteca a mi palacio, y llevé allí muchas teorías,enseñanzas importantes y algún que otro sermón, que hasta entonces, habían estado desperdigados en diferentes salas.
En una vitrina, llena de antiguas clases, la mayoría recibidas durante mi etapa en la escuela y los primeros años en el instituto, se hallaba una de las teorías de mi abuela filósofa. Era una de las más importantes, y aunque cuando ´la coloqué aquí no lo sabía, me sería muy útil a partir de entonces. Al incorporar la biblioteca a mi construcción, no tuve más remedio que colocar todos los contenidos, antes dispersos entre esculturas de dioses griegos y muebles victorianos, dentro de libros, ordenados en estanterías, que llegaban hasta el techo, aunque estaban lejos de estar llenas.
Al encontrar el libro que buscaba, aparecí en la casa de mi abuela, sentada frente a ella, en una mesa redonda, sobre la que reposaban dos vasos de leche.
Aquella tarde, había salido del colegio bastante deprimida, porque había discutido con mi mejor amiga por una tontería sin importancia. Al ver mi semblante, mi abuela me preguntó por el motivo de mi angustia, y tras explicárselo al detalle,comprobé con enfado, que en lugar de ofrecerme una solución y decirme cómo arreglar las cosas con mi amiga,sonrió ampliamente.
-¿crees que estar triste es malo?, preguntó.
En ese punto del diálogo,ýa me había perdido del todo. Primero, se había reído de mi problema, y ahora, me preguntaba que si estar triste me parecía mal.
-Por supuesto, le dije. Si estar contento es bueno, estar triste es malo, ¿no?.
-No. Las cosas no son tan simples. Estar triste es natural, igual que lo es estar contento. Lo que sucede es que sentir tristeza es incómodo, y no es nuestro objetivo, por eso es normal que nadie lo desee, replicó.
Todo se complicaba por momentos. Había pasado de estar tomándome un vaso de leche con galletas tranquilamente, a escuchar a mi abuela filosofar frente al suyo.
-Bueno, y si dices que la tristeza no es mala, ¿qué tiene de buena?, le pregunté, tratando de terminar con aquello.
-La tristeza es algo de lo que podemos aprender, si sabemos manejarla con entereza y buen ánimo. Por ejemplo, estando triste, te has dado cuenta de que has discutido con tu amiga por un motivo absurdo y que no merecía la pena.
Justo en ese momento, regresé a la habitación del hospital. Era evidente que no estaba manejando correctamente el malestar que me producía ver enferma a mi abuela. Si estuviese despierta,y fuese capaz de entrar a su propio palacio de la memoria, para ver aquella conversación, se enfadaría conmigo. Los pensamientos derrotistas no me iban a llevar a ninguna parte, porque no estaba aprendiendo nada de ellos.
Estaba dispuesta a centrarme en el hecho de que podría estar mejor por la mañana, cuando abrió los ojos lentamente.
-Mira, mira quién está aquí, dijo, débilmente pero entusiasmada.
Sonreí. Ese momento era el más agradable de todos los que vivía cuando iba a visitarla, y ocupaba una sala privilegiada en mi palacio. Era importante para mí que se percatase de que había alguien conocido a su lado, porque eso quería decir que no me había olvidado del todo.
-¿Quién soy yo, cómo me llamo?, pregunté esperanzada, deseando que respondiera correctamente.
Pero no tuve tanta suerte. Se quedó pensando un momento, y me dijo que no lo sabía. Como siempre, mi sonrisa se disipó y terminé diciéndole quién era y cómo me llamaba. Apretó un poco la mano que le había dado, y me pareció que quería decirme que por un instante, aunque fuera uno de esos tan volátiles y efímeros, que viven en la eternidad, me había recordado.
No sabía qué partes del palacio, que tanto le había costado construir, conservaba mi abuela en esa misteriosa e insondable mente que tenía. Pero estaba segura de que alguna debía atesorar aún. Tal vez fuese el vestíbulo, por el que todo ssus parientes habíamos pasado más de una vez,o quizás solo retazos de algunas estancias, las que albergaban sucesos importantes de su pasado, pero si se alegraba al verme, su palacio no se había derrumbado.Igual, en algún momento, terminaba en ruinas, pero eso solo sería parte del cambio producido en su memoria, y las salas que compartimos, y en las que coincidimos, aunque no nos demos cuenta, no se perderán, mientras mi palacio siga en pie.
Y de repente, la situación dio un giro, como era habitual. Mi abuela me soltó la mano, y señaló laventana, a través de la que se veía caer una lluvia torrencial.
-Mira, mira, está lloviendo, aseveró, como si hubiese hecho un descubrimiento importantísimo. No pude evitar reírme por el tono que empleó. Era como si viese las gotas de agua por primera vez. Me pregunté cuál sería su reacción si en lugar de observar la lluvia, se estuviera empapando por su causa.
Pero tampoco pude reflexionar demasiado tiempo sobre ello, porque de repente, tomó su rosario, que le habíamos dejado en la almohada, porque le tiene mucho cariño y no se separa de él, y lo miró diciendo: haga un milagro, haga un milagro.
No era la primera vez que decía esa frase. En la residencia, en la que vivía, se pasaba las horas diciendo esas mismas palabras a voz en grito. Pero ahora, esa misma petición, hecha ante un objeto religioso, relacionado en parte con dios y los milagros, resultaba extraña.
¿Estaría pidiéndole al rosario salir del hospital,o solo que la dichosa demencia senil no demoliese su palacio?
Nunca pude ni podré dar respuesta a esa pregunta,porque de haberla, solo la conoce ella, pero no pude evitar coger el rosario cuando se cansó de mirarlo.
Comprobé que las cuentas estaban demasiado pegadas unas a otras a causa del desuso. ¿Cuánto tiempo llevaría mi abuela sin desgranar su rosario? Estaba segura de que cuando era joven, había pasado muchos ratos en la intimidad, pasando cada cuenta, pronunciando aquellas tediosas letanías. ¿Se habría enfadado con el destinatario de sus oraciones,por quitarle poco a poco su palacio?.
Nadie podía saberlo. Supuse que la vejez era como subir a unrascacielos por las escaleras. Al llegar al piso más alto,debías estar agotado, pero tenías una perspectiva diferente de todo lo que habías vivido y de tus creencias, así que era probable que se hubiese replanteado su relación con la divinidad. Y alguardar el rosario en el cajón, porque mi abuela se había vuelto a dormir, no pude evitar pensar en la cantidad de cosas que a lo largo de mi vida, correrían la misma suerte que aquel objeto litúrgico, a cada paso adelante que diese.
Esa noche fue horrible, pero amaneció. Y cuando el médico confirmó que mi abuela no había empeorado, me dí cuenta, de que esa larga jornada nocturna, había sido fructífera, pues había tomado conciencia de muchas cosas, y como casi siempre, había sido gracias a la filosofía de mi abuela.
El tiempo es el despiadado impulsor del cambio, y nos arrastra a todos,como si fuésemos marineros en un océano embravecido. Algún día, espero que lejano, ella desembarcará, porque habrá llegado a su puerto, como lo haremos todos. Un día, mi abuela pasará, y yo también pasaré, pero me consuelo pensando que mientras pueda acceder al palacio de la memoria, donde guardo todo lo que necesito de ella, todo el cariño que me dio cuando era pequeña, todo lo que me ha enseñado, mi abuela seguirá viva.